lunes, 28 de septiembre de 2020

sábado, 19 de septiembre de 2020

Lean, por favor

Michel Desmurget, director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud en Francia

“La actual locura digital es un veneno para los niños” 

LA VANGUARDIA 19/09/2020 IMA SANCHÍS

El científico enojado

Ya hace años que asistimos a un fenómeno curioso: los estudios científicos serios pasan por alarmistas y le damos crédito a los estudios de chichinabo, ocurrió con el cambio climático, nadie se lo tomó en serio, y está ocurriendo con el efecto que produce el uso de las pantallas. Desmurget, director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia, basándose en un corpus de investigaciones fuera de toda sospecha nos advierte: “Cuanto más invierten los países en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) aplicadas a la educación, más baja el rendimiento de los estudiantes. Cuanto más tiempo pasan los alumnos con estas tecnologías, más empeoran sus calificaciones. Lo explica en La fábrica de cretinos digitales (Península).

La juventud actual, ¿la más tonta de todos los tiempos?

Durante décadas, las puntuaciones de las pruebas de inteligencia han aumentado de una generación a la siguiente. Esto se llama efecto Flynn.

¿Y ya no?

Hoy en día, en muchos países desarrollados este efecto se invierte y los millennials son la primera generación en tener un CI promedio más bajo que la generación anterior, y las pantallas tienen una responsabilidad incontestable.

¿Y la consabida superioridad del nativo digital?

¡Pura fantasía! Toda la investigación destaca la baja capacidad de nuestros niños para procesar, comprender y sintetizar la información presente en la red. La actual locura digital es veneno.

¿Neurológicamente hablando?

Todo lo que hacemos cambia la estructura y función de nuestro cerebro. En respuesta al uso de pantallas, ciertas regiones relacionadas con el procesamiento de señales visuales se espesan; a la inversa, las redes lingüísticas experimentan retrasos en la maduración.

Hay estudios que afirman que los videojuegos mejoran el rendimiento académico.

Estos estudios, publicados en revistas académicas de tercera clase, se basan unánimemente en valores atípicos y o metodologías defectuosas. A pesar de esto, se les ofrece una cobertura mediática increíble. Ahí radica el problema.

¿Cuál es la realidad de la exposición a las pantallas de niños y adolescentes?

El tiempo de recreación frente a la pantalla (fuera de la escuela y las tareas) para las nuevas generaciones es extravagante.

¿Extravagante?

Son casi 3 horas diarias para los niños de 2 años, casi 5 horas para los escolares de 8 años y más de 7 horas para los adolescentes. Esto significa que entre los 2 y los 18 años, que es el período más crucial de desarrollo, dedican a estas prácticas el equivalente a 30 años escolares.

¿Cree que hay una voluntad deliberada de idiotizar a las masas?

La lógica es puramente económica. No importa el impacto en la salud, siempre que entre el dinero. Tabaco, medicinas, comida, pesticidas, calentamiento global, la lista es larga.

Le veo enojado.

Lo peor es ver devastado el desarrollo de nuestros hijos de esta manera. Bueno, no todos ellos, los altos ejecutivos de las industrias digitales tienen especial cuidado en proteger a sus hijos de los productos que nos venden.

Qué feo.

La orgía digital actual está arrasando con los cimientos más esenciales de nuestra humanidad: el lenguaje, la concentración, la capacidad de memoria, la creatividad, la cultura (en el sentido de un cuerpo de conocimiento que permite comprender y pensar el mundo). Tienes razón, esto me enoja profundamente.

La tendencia es sustituir a los profesores por clases digitales.

El software de aprendizaje es mejor que nada, pero es infinitamente peor que un maestro competente.

Los maestros salen más caros.

La tecnología digital parece ser una necesidad presupuestaria, pero sería deseable que se dijera con claridad, sin intentar hacer pasar esta renuncia educativa como progreso educativo.

¿La inteligencia es la primera víctima?

Cuando pones pantallas (tabletas, ordenadores, smartphones, etcétera) en manos de un niño o adolescente, casi siempre son las recreaciones más factibles las que ganan la guerra de los usos.

¿Y?

Estos contenidos tienen efectos deletéreos claramente identificados con el desarrollo somático (por ejemplo, obesidad, maduración cardiovascular), emocional (ansiedad, agresividad) y cognitivo (lenguaje, concentración). Varios estudios han comprobado, además, que el CI desciende cuando el tiempo de uso de las pantallas recreativas aumenta.

¿Lo mejor para el desarrollo de un niño?

No son pantallas, sino personas y acción. Necesitan palabras, sonrisas, abrazos. Necesitan aburrirse, soñar, jugar, imaginar, correr, tocar, manipular, que les lean cuentos. Mirar el mundo que los rodea, interactuar. En el corazón de estas necesidades, la pantalla es una corriente de hielo que congela el desarrollo.

¿Cómo serán esos nativos digitales cuando sean adultos?

Privados de lenguaje, concentración, cultura; de las herramientas fundamentales del pensamiento, se convertirán en una casta subordinada de artistas entusiastas, estupefactos por el entretenimiento tonto y felices con su destino.

¿Su consejo para padres y educadores?

La edad importa. Antes de los 6 años, lo ideal es cero pantallas. Cuanto antes se exponen los niños, más severos son los impactos. A partir de los 6 años, si los contenidos son los adecuados y si se respeta el sueño, media hora al día sin influencia negativa detectable.

¿Y cuál es su esperanza?

Es como el calentamiento global: “está empezando a mostrarse”. Nuestros hijos tienen problemas de atención, lenguaje, memorización, agresividad. Espero que la toma de conciencia siente las bases de una política de prevención verdaderamente protectora.

 

viernes, 18 de septiembre de 2020

HORACIO, EPISTOLAS I-2 a Máximo Lolio

Mientras tú, Máximo Lolio, declamabas en Roma, yo he releído en Preneste al poeta de la guerra troyana; y lo que es decente y lo que es deshonroso, y lo que es útil y lo que no lo es, lo dice con más claridad y mejor que Crisipo y que Crántor. Escucha por qué así lo creo, si tu atención no la reclama otro asunto.

La fábula que cuenta cómo, por los amores de Paris, Grecia se enfrentó a la barbarie en un duelo tan largo, recoge las ven­toleras de reyes y pueblos estúpidos. Propone Antenor acabar con la razón de la guerra; ¿y qué dice Paris?: que no se lo puede obligar a reinar en paz y a vivir felizmente. Corre Néstor a arreglar las querellas entre Pelida y Atrida; al uno lo inflama el amor, y a los dos a un tiempo la ira. Siempre que desvarían sus reyes, son los aqueos los que se llevan el golpe. De sedición, de engaños y crímenes, de concupiscencia y de ira, mucho se peca dentro de Ilión y fuera de ella. En cambio, de lo que puede el valor y la sabiduría, nos propuso Homero un buen ejemplo: al prudente Ulises, que tras dominar a Troya fue a ver las ciudades y las costumbres de muchos pueblos, y sufrió en el ancho mar mil fatigas, por lograr el regreso para sí y para sus camaradas, sin hundirse en las olas de la adversidad. Lo del canto de las sirenas y lo de las copas de Circe lo sabes: si, necio y ansioso, igual que sus compañeros, se las hubiera bebido, habría quedado a merced de aquella ramera, deforme y embrutecido, llevando una vida de perro asqueroso, o de cerdo que se refocila en el fango. Nosotros somos del montón, nacidos para vivir de la tierra; zánganos que rondan a Penélope, juventud de Alcinoo, ocupada más de la cuenta en cuidarse el pellejo, para quienes estaba muy bien dormir hasta el mediodía y hacer venir al son de la cítara el sueño atrasado.

Para degollar a un hombre los bandoleros se levantan de noche; ¿no te despiertas tú para salvarte a ti mismo? En todo caso tendrás que correr; si no quieres hacerlo cuando estés sano, lo harás cargando con tu hidropesía. Y si antes de que se haga de día no pides un libro y con él un candil; si no aplicas tu mente al estudio y a lo que vale la pena, la envidia o el amor te torturarán sin dejarte dormir. ¿Por qué te das tanta prisa en quitar lo que te hace daño en un ojo, y en cambio, si algo te come el alma, dejas la cura para el año que viene? El que ha empezado ya ha hecho la mitad del trabajo; ¡atrévete a ser sensato: empieza! Quien da largas al momento de ponerse a vivir como debe, hace lo que el paleto que esperaba a que el río pasara; pero el río corre y correrá rodando por siempre.

Se busca el dinero, se busca una esposa fecunda para criar hijos, y con el arado se amansan bosques incultos; a quien le haya dado la suerte lo que es suficiente, nada más ambicione. No hay casa ni finca, ni montón de bronce y de oro que expulsen del cuerpo de su amo las fiebres ni de su alma las cuitas. Conviene que el propietario tenga buena salud, si piensa disfrutar a su gusto de las riquezas logradas. Al que ansia o al que teme, de tanto le valen casa y riqueza como al cegato los cuadros, las cataplasmas al que sufre de gota, o las cítaras al que está mal del oído porque se le ha acumulado el cerumen. Si el vaso no está bien limpio, se pica cuanto eches en él.

Desdeña los placeres, que el placer que con dolor se paga hace daño. El avaro siempre anda escaso; pon un límite firme a tus ambiciones. El envidioso adelgaza por el éxito ajeno; los tiranos de Sicilia no hallaron tortura mayor que la envidia. Quien no controle la ira, deseará que no hubiera ocurrido lo que le aconsejó el rencor de su alma, al apresurar el castigo violento por su odio y su afán de venganza. La ira es una pasajera locura; domina tu ánimo, pues si no te obedece, te manda; sujétalo con frenos, sujétalo con cadenas. El domador enseña al caballo cuando su cerviz todavía está tierna a ir por donde el jinete le indica; el cachorro de caza, sólo después de ladrarle al pellejo de ciervo en la perrera, milita en los montes. Ahora, cuando eres joven, empapa tu pecho puro de estas palabras; ponte ahora en las manos de los hombres más sabios. Los aromas de los que se impregnó siendo nueva, el ánfora los guardará largo tiempo. Y por si te quedas atrás o bien, lleno de afán, te adelantas, no aguardo yo al rezagado ni me echo encima de los que van por delante.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Cuando las armas son la letras


García "Hispaleto", Manuel. 1884. Óleo sobre lienzo, 152x197 cm.
Discurso que hizo don Quijote de las armas y de las letras (cap. XXXVIII)
La figura de George Orwell crece con el tiempo y está alcanzando categoría icónica. Tanta, que no sorprende que se le cite con veneración en el Congreso de los Diputados ni que se haya convertido en protagonista del cómic Orwell (Norma Editorial, 2020), de Pierre Christin y Sébastien Verdier. En la crisis del coronavirus y los consiguientes debates públicos acerca del alcance del control social, la novela 1984 de George Orwell ha sido una referencia inexcusable, como La peste de Albert Camus, escritor francés con el que comparte tantas cosas. Aunque el interés por ambos escritores debe de arrancar de mucho antes y de más hondo: en el compromiso con la integridad intelectual.
Arcadi Espada en el prólogo de otra recomendable antología de Orwell, Matar a un elefante (Turner, 2006), califica el ensayo «La política y la lengua inglesa» (1946) como un texto «fundamental de la cultura de nuestro tiempo». Espada se atiene a los hechos: «No sólo formaliza la noción moderna del eufemismo, sino que describe el periodismo y la política como sistemas eufemísticos. Si un eufemismo detectado (“pacificación” o “rectificación de fronteras”) es, automáticamente, un eufemismo desactivado, se comprenderá la importancia de la crítica orwelliana de la política y los medios». Lo esencial, concluye, es la relación que el autor demuestra entre unos usos lingüísticos y un propósito moral, esto es, las interacciones de ida y vuelta entre la palabra y la comunidad, que pasan por el poder.
A través de la obra de Orwell se puede asistir a un análisis pormenorizado del potencial político de la palabra y de las consecuentes tentaciones de instrumentalizarla. Más que diferenciar, como los clásicos, las armas y las letras, hoy lo más necesario es alertar de que las armas son las letras. Que Orwell lo hiciera explica su relevancia actual en un contexto en el que las tensiones alrededor del lenguaje político no hacen más que crecer. Por fortuna, los antídotos contra la demagogia y la ideologización que él también propuso no han caducado ni perdido su eficacia.
El poder de la palabra
La originalidad de Orwell no estriba en sus presupuestos teóricos. La importancia política de la palabra es un clásico de la lingüística, de la política y de la filosofía. El catedrático Alfonso López Quintás la resume, partiendo de un ejemplo elemental, en Cómo formarse en Ética a través de la Literatura (Rialp, 2008): «El lenguaje otorga dominio. Merced al lenguaje podemos otorgar perfiles netos a ámbitos de realidad indefinidos, que parecen escapar a nuestro conocimiento y control. Sientes un dolor difuso en un costado, y no sabes con precisión de qué puede tratarse. […] El médico analiza tu dolencia y te da el diagnóstico, es decir, le pone nombre al dolor. […] Está localizado, definido merced al poder del lenguaje. Poner nombre a las cosas es, desde Adán, señal de soberanía».
Pero las palabras, como el poder, como la soberanía que de ellas se desprende, pueden usarse sabia o torpemente; lo cual tiene consecuencias políticas inmediatas que se retroalimentan en un vertiginoso círculo vicioso. Orwell lo explica en «La política y la lengua inglesa»: «Un hombre puede darse a la bebida porque se considere un fracasado, y fracasar entonces aún más porque se ha dado a la bebida. Algo parecido está ocurriendo con la lengua inglesa. Se vuelve fea e inexacta porque nuestros pensamientos rayan en la estupidez, pero el desaliño de nuestro lenguaje nos facilita caer en esos pensamientos estúpidos».
Por idénticos presupuestos, el recientemente fallecido José Jiménez Lozano confesó en su discurso de recepción del Premio Cervantes de 2002 la razón por la que había buscado siempre palabras que no estuvieran instrumentalizadas: «Únicamente ésas pueden llevarnos a la comprensión del mundo, sólo ellas nos instalan en el conocimiento». Orwell ya había advertido que cada una de las expresiones prefabricadas que usamos «anestesia una porción del cerebro».
El diccionario es político
El escritor inglés tiene meridianamente claro que el lenguaje ocupa un lugar central del tablero de juego de la política, inscribiéndose en una tradición de pensadores de lo público interesados por el fenómeno lingüístico. Hobbes había sido consciente de la potencia política latente en las palabras. En el Leviatán llega hasta el extremo de conceder al soberano el poder de alterar los significados para controlar así el debate social.
Irene Vallejo, en su artículo «La salud de las palabras» (en Alguien habló de nosotros, Contraseña, 2017) nos recuerda que «Tucídides advirtió el síntoma de una crisis latente en el cambio de significado de ciertas palabras. Pensaba que la política se deteriora si el servilismo dentro de las facciones se empieza a llamar lealtad. Si el bien común se trata como un botín. Si llamamos listo al que conspira mejor y cobarde a quien se detiene a reflexionar. Si hablamos de pactos sólo para encubrir fugaces transacciones de intereses. […] La salud de una sociedad se puede diagnosticar auscultando sus palabras». Obsérvese como Tucídides, en verdad, desenmascara eufemismos, exactamente la misma actividad que Arcadi Espada destaca como el gran legado de Orwell para el mundo contemporáneo.
Entonces, «¿es el lenguaje el vehículo principal para un cambio generalizado de mentalidad y de actitud?», se pregunta el filósofo Rafael Gambra en El lenguaje y los mitos (Speiro, 1983), ensayo que dedica por entero a dilucidar esta cuestión. La respuesta es un rotundo «sí». No es casual, por tanto, que Stalin tuviese un interés tan constante por la lingüística, sagazmente caricaturizado, por cierto, en la novela de Orwell Rebelión en la granja. Ni que los nazis estructurasen una meticulosa transformación semántica del idioma alemán, según constató Viktor Kemplerer en LTI. La lengua del Tercer Reich, analizado para Nueva Revista  por José Manuel Grau Navarro.
EL CABALLO DE TROYA DE LA IDEOLOGÍA

Todos los totalitarismos saben que el diccionario puede actuar como un taimado caballo de Troya de la ideología. El uso de determinadas palabras y expresiones terminan configurando desde dentro el pensamiento de quien las emplea, gracias a lo que el pensador brasileño Plinio Corrêa de Oliveira llamaba «trasvase ideológico inconsciente». Los sofistas (Gorgias, Protágoras) habían trabajado con esas técnicas por las que quien domina el arte de manipular las palabras acaba dominando los cerebros de una manera subrepticia e infalible.
El profesor Manuel Arias Maldonado constata en su ensayo La nostalgia del soberano (Catarata, 2020) la exacerbación contemporánea de «la influencia del giro lingüístico, que impulsa un constructivismo filosófico que entiende la realidad como hecha de palabras o “discursos” [o relatos]. La idea de que la política se hace con palabras que crean realidades está ya en la obra de Gramsci y su concepto de hegemonía [y se ha impuesto en el giro de Laclau y Mouffe (Hegemony and Socialist Strategy, 1985), frente al materialismo de Marx. […] Los discursos, compuestos por un lenguaje que ocupa un papel central en la auto comprensión humana, crean el mundo».
Son estrategias semánticas que no sorprenderían a Orwell ni pueden sorprender al lector de Orwell. En «Principios de la nuevalengua» (1948), hace una acerada radiografía del lenguaje político y sus intenciones manipuladoras: «El propósito de la nuevalengua no era sólo proporcionar un medio de expresión a la visión del mundo y los hábitos mentales de los devotos del Socing [la ideología dominante en el mundo orwelliano], sino que fuese imposible cualquier otro modo de pensar. La intención era que cuando se adoptara definitivamente la nuevalengua y se hubiese olvidado la viejalengua, cualquier pensamiento herético fuese inconcebible, al menos en la medida en que el pensamiento depende de las palabras».
Que nadie se lleve a engaño pensando que este análisis es nada más que material narrativo para su fantasía distópica de la novela 1984. Ya en 1937 y gracias a su experiencia española, Orwell se había percatado de la inminencia del peligro y, todavía más, de quiénes lo estaban usando con mayor precisión. En «Descubriendo el pastel español» anota que «los periódicos de izquierdas tienen unos métodos de distorsión mucho más sutiles».
Por esos años ya se iba imponiendo una nuevalengua y, por tanto, una nuevalógica, especialmente en lo que se refiere al tratamiento del comunismo por parte de la intelectualidad de Occidente. Orwell es un pionero en la denuncia solitaria de esta deriva. No por ello lo hace con menos energía, como en el ensayo «La libertad de prensa», de 1945: «Quienes toda su vida se habían opuesto a la pena de muerte, ahora aplaudían las ejecuciones sin fin en las purgas llevadas a cabo entre 1936 y 1938, y se consideraba correcto por igual sacar a relucir hambrunas cuando sucedían en la India y ocultarlas cuando tenían lugar en Ucrania. Y si esto era así antes de la guerra, la atmósfera intelectual desde luego no está mejor en la actualidad».
Un problema de doble filo
La originalidad de Orwell empieza a deslumbrar cuanto más acerca la reflexión política a los terrenos de la literatura. El problema de la demagogia y la manipulación es su progresión geométrica, porque esa manipulación afecta automáticamente a la calidad de la literatura que tendría que evitar que el lenguaje incurriese en manipulaciones ideológicas, haciéndolas cada vez más fáciles, veloces y masivas.
En el ensayo “Literatura y totalitarismo” de 1941, diagnosticó la enemistad eterna entre la literatura auténtica y el interés del poder: «Creo que la literatura de toda clase, desde los poemas épicos hasta los ensayos críticos, se encuentra amenazada por el intento del Estado moderno de controlar la vida emocional del individuo». Añadía una reflexión muy sorprendente en plena Segunda Guerra Mundial, aunque no ahora: «Cuando uno menciona el totalitarismo piensa de inmediato en Alemania, Rusia, Italia; pero creo que debemos afrontar el riesgo de que este fenómeno pase a ser mundial» Orwell profetizó la imposición soft de lo políticamente correcto y los hábiles mecanismos de la autocensura, no sólo atisbándolo con setenta años de adelanto, sino siendo plenamente consciente de su gravedad: «Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario».
A partir del episodio de censura que sufrió Rebelión en la granja en Inglaterra, Orwell no se hizo grandes ilusiones con la autosatisfecha libertad en los países libres. Uno de los cuatro editores que rechazaron el manuscrito le escribió: «Podría verse como algo que era muy desaconsejable publicar en el momento actual. Si la fábula apuntase en general a dictadores y dictaduras cualesquiera, entonces publicarla no sería un problema, pero lo cierto es que sigue tan de cerca, según veo ahora, la evolución de los soviéticos y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a Rusia, quedando excluidas el resto de las dictaduras. Y otra cosa: sería menos ofensivo si la casta dominante de la fábula no fuesen cerdos. Creo que no cabe duda de que la elección de los cerdos como casta gobernante ofenderá a mucha gente, sobre todo si es alguien un poco quisquilloso, como sin duda son los rusos».
Para entonces Orwell llevaba muchos años argumentando que «la influencia negativa del mito soviético sobre el movimiento socialista de Occidente», tal y como escribe en el prólogo para la edición ucraniana de Rebelión en la granja. Lejos de una motivación reaccionaria en su crítica, confiesa: «Así pues, durante los diez últimos años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos resucitar el movimiento socialista». A partir de esta censura, verá, además, que «en este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o periodista, y no me parece que se haya dedicado a este hecho el debate que se merece».
A Orwell no le preocupa tanto, en realidad, que la ortodoxia dominante sea una confesional, la fascista o la marxista, sino que imponga cualquier discurso. Él se enfrenta a la marxista porque «en este momento, lo que la ortodoxia predominante exige es una admiración acrítica hacia la Rusia soviética» hasta el extremo casi increíble de que, «aunque no se nos permita criticar al gobierno soviético, somos razonablemente libres de criticar al nuestro».
EL ENEMIGO ES “EL PENSAMIENTO GRAMÓFONO”
Su análisis de la amenaza que ello implica para la literatura es revelador:
«El enemigo es el pensamiento gramófono, esté uno de acuerdo o no con el disco que esté puesto en cada momento». Más que la ideología importa la imposición y más aún que ésta sus veleidades: «La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas, pues precisa una obediencia absoluta por parte de sus súbditos, pero no puede evitar los cambios, que vienen dictados por las necesidades de la política del poder. Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva. Por poner un ejemplo obvio y radical, hasta septiembre de 1939 todo alemán tenía que contemplar el bolchevismo ruso con horror y aversión, y desde septiembre de 1939 tiene que contemplarlo con admiración y afecto. Si Rusia y Alemania entran en guerra —escribe premonitoriamente a principios de 1941—, tendrá lugar otro cambio igualmente violento. La vida emocional de los alemanes, sus afinidades y odios, tiene que revertirse de la noche a la mañana cuando ello sea necesario. No hace falta señalar el efecto que tienen este tipo de cosas en la literatura. Y es que escribir es en gran medida una cuestión de sentimiento, el cual no siempre se puede controlar desde fuera».
Orwell pone un ejemplo de su tiempo. Nosotros disponemos en abundancia de ejemplos de cambios contemporáneos de postura que irremediablemente descolocan al escritor al servicio de una determinada ideología. El problema, como expone en «La destrucción de la literatura» (1946), es que el verdadero escritor «no puede decir con convicción que le gusta lo que le disgusta, o que cree en algo en lo que no cree. Si se le obliga a hacerlo, el único resultado es que se agostan sus facultades creativas» porque «sabemos que la imaginación, como algunos animales salvajes, no puede criarse en cautividad».
No se circunscriben al presente las asechanzas del totalitarismo. La simple existencia de cierta libertad creativa ha de reprimirse preventivamente: «Siempre existe el peligro de que cualquier pensamiento seguido libremente conduzca a la idea prohibida». Tampoco el pasado es una posición segura: «Desde el punto de vista totalitario, la historia es algo que se crea, no que se aprende […] El totalitarismo exige, de hecho, la continua alteración del pasado».
Tan graves resultan estas imposiciones envolventes que Orwell concluye: «Hoy en día, quizá sea incluso una mala señal en un escritor que no se sospeche de él que es reaccionario». ¿Reaccionario?, saltan de inmediato todas nuestras alarmas. Obsérvense, sin embargo, dos cosas. Primera, no dice que tenga que serlo, sino sospechoso de serlo, que son cosas bien distintas. Segunda, que será reaccionario en el sentido literal de quien se revuelve contra el lenguaje de la política. Y eso sí tiene que serlo sin remedio, porque, como Orwell afirma: «El lenguaje de la política ha de consistir, sobre todo, en eufemismos, en interrogantes, en mera vaguedad neblinosa. Semejante fraseología es imprescindible cuando uno ha de llamar a las cosas de un modo que no evoque una imagen mental de ellas. […] La grandilocuencia del estilo ya es, de por sí, una especie de eufemismo. […] El gran enemigo de la lengua clara es la falta de sinceridad. […] como una sepia que lanza un chorro de tinta».
La verdad y la belleza como antídotos
Como si hubiese estudiado la relación expuesta por Orwell entre un lenguaje acendrado y un pensamiento acertado, y la contradicción a muerte entre la demagogia política y el sentido prístino del idioma; el filósofo y político François-Xavier Bellamy (París, 1985) resume en su reciente ensayo Permanecer (Encuentro, 2020): «La verdadera urgencia política es resucitar el lenguaje. Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras. Esto es como decir, y no hay nada de abstracto en ello, que la verdadera urgencia es, en realidad, poética».
Orwell no nos trae sólo hasta el convencimiento de esta necesidad, sino que da un paso más y nos muestra cómo hay que reconstruir ese lenguaje. Lo hace con inesperada esperanza: «La decadencia del lenguaje es algo que probablemente se puede curar. […] gracias a la acción consciente de una minoría».
En consonancia con la idea de que las armas son las letras, lo primero que necesitamos es una virtud marcial: el valor. Contra tantos consensos teledirigidos, Orwell no se anda con rodeos: «Las buenas novelas las escriben los que no tienen miedo». La cobardía intelectual condena al escritor y al periodista a ser prisionero y carcelero de la celda de aislamiento de la autocensura.
Ese valor tiene que estar al servicio de la verdad, que es la clave de la bóveda de la visión orwelliana hasta extremos que traen al recuerdo a Alexander Solzhenitsyn o, de nuevo, a Albert Camus. Escribe Orwell «El gran enemigo de una lengua clara es la falta de sinceridad. Cuando se abre una brecha entre los objetivos reales que uno tenga y los objetivos que proclama, uno acude instintivamente, por así decir, a las palabras largas y a las expresiones más fatigadas».
La periodista, escritora y política socialista Irene Lozano (Madrid, 1971) en su prólogo a Ensayos (Debolsillo, 2015) captó perfectamente las implicaciones intelectuales de esta apuesta sin paliativos por la verdad: «Como él siempre estuvo dispuesto a darle la razón a los hechos, los hechos han acabado por darle la razón a él. Lo ha señalado Christopher Hitchens: Orwell acertó en su antiimperialismo, su antifascismo, su antiestalinismo, que adoptó de forma precoz y a contracorriente de casi todos sus coetáneos». Lozano constata que las consecuencias de su fidelidad a los hechos alcanzan a nuestros días: «Sin pretenderlo, Orwell se revela en esto como un antiposmoderno previo a los posmodernos».
Como sir Roger Scruton más tarde, estaba convencido de que la estética es una herramienta irrenunciable de la búsqueda de la verdad. Su lucha sin cuartel contra las metáforas moribundas, contra las frases hechas, contra «el rancio anquilosamiento de la imaginería» es, a la vez, un imperativo artístico y una herramienta para desarticular modos perezosos y, por tanto, peligrosos de pensar. El caballo de Troya del diccionario encuentra las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto cuando los escritores hacen su trabajo y sopesan cada una de sus frases.
Orwell no nos dice qué pensar ni siquiera cómo hacerlo: nos urge a hacerlo. Después de ver lo que tenemos delante de nuestras narices —como exigía—, hay que disponer de un lenguaje libre de vagas adiposidades y de subterfugios subconscientes con que contarlo. Nos promete: «Si uno se libra de esos hábitos, podrá pensar con mayor claridad, y esto último es por fuerza un primer paso hacia la regeneración política. Así pues, la lucha contra el mal uso del inglés no es algo frívolo ni una preocupación exclusiva de los escritores profesionales».
El mensaje de resistencia y esperanza de Orwell se concentra en una llamada vigorosa a la escritura transparente y apegada a la realidad. ¿Les parece poco? Él mismo contesta: «Hemos caído tan bajo que la reformulación de lo obvio es la primera obligación de un hombre inteligente».
Enrique García-Maíquez   Nueva Revista 09/09/2020

domingo, 30 de agosto de 2020

Pedro Malón de Echaide

"Las cosas que valen más que nosotros, mejor es amarlas que entenderlas, porque, amándolas, cobramos ser más perfecto, pues el amor nos une con lo amado, y entendiéndolas, parece que ellas pierden su ser y valor, pues las ajustamos y entallamos conforme a nuestro entendimento; pero si son de menos valor que nosotros, mejor es entenderlas que amarlas, porque con amarlas, nos hacemos de más bajo ser, pues cobramos el que tienen y perdemos el nuestro; y entendiéndolas, las mejoramos por la razón ya dicha." 
Lean ustedes esta defensa del castellano escrita por un místico navarro: 
"No se puede sufrir que digan que en nuestro castellano no se deben escribir cosas graves. ¡Pues cómo! ¿Tan vil y grosera es nuestra habla? (...) No hay lengua ni la ha habido, que al nuestro haya hecho ventaja en abundancia de términos, en dulzura de estilo, y en ser blando, suave, regalado y tierno y muy acomodado  para decir lo que queremos, ni en frases ni en rodeos galanos, ni que esté más asembrado de luces y ornatos floridos y colores retóricos, si los que tratan quieren mostrar un poco de curiosidad en ello."  

sábado, 25 de julio de 2020

La muerte de la imaginación


La muerte de la imaginación
Las democracias necesitan espacios de representación dramática donde el ciudadano pueda poner en órbita su propio punto de vista sobre cualquier asunto privado o público

Andreu Jaume 22/07/2020
Cuando en 1950 Lionel Trilling publicó La imaginación liberal, Occidente se preparaba para una larga guerra fría y Estados Unidos estaba a punto de dar comienzo a la caza de brujas del macartismo. Trilling era un conocido liberal y un declarado anticomunista, pero en su libro, que fue un éxito de ventas y consolidó su reputación como crítico, lejos de llevar a cabo una apología de su credo ideológico, se preocupó sobre todo por denunciar la indigencia literaria que el liberalismo estadounidense había generado, aprovechando la ocasión para estudiar a fondo el estado de la imaginación pública, con ejemplos que iban desde Wordsworth, Kipling y Henry James hasta el influjo de Freud, el Kinsey Report –un informe muy popular entonces sobre el comportamiento sexual de los ciudadanos– o el estatuto de la novela en su tiempo. De alguna manera, Trilling estaba aún poseído por la ansiedad que había dominado a la crítica de su país desde la década de 1920, cuando Edmund Wilson había empezado a organizar una tradición vernácula para los escritores norteamericanos, siempre a la caza de The Great American Novel, la gran ballena blanca de su imaginario común.
En aquel momento, Trilling juzgó muy severamente los resultados literarios alcanzados en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo, sobre todo con respecto a la novela, un género que, comparado con lo que había ocurrido en Europa, consideraba aún muy poco desarrollado. Para él, escritores como John Dos Passos, Thomas Wolfe e incluso Eugene O’Neill en el teatro estaban demasiado complacidos con sus propias ideas. De Wolfe llegó a decir que veía la literatura como solución y no como problema. Las únicas excepciones habían sido Henry James, cuya imaginación por otra parte se había desplazado a Europa; Scott Fitzgerald, que aún se estaba recuperando de la dureza con que Wilson le había tratado en vida; Hemingway y Faulkner. Mark Twain y Melville aparecían al fondo, por supuesto, como extraños y marginales fundadores. Todos ellos compartían a su juicio una elocuente posición periférica. La ideología hegemónica en Estados Unidos, el liberalismo, carecía de un espacio dramático capaz de poner a prueba sus propios valores.
Aunque muchas de las carencias que Trilling denunció entonces fueron luego suplidas con creces por la hornada de novelistas que regeneraron la literatura norteamericana en la segunda mitad del siglo, sobre todo los de la escuela judía –de Bernard Malamud a Saul Bellow, Cynthia Ozyck o Philip Roth–, leídas ahora, las reflexiones contenidas en La imaginación liberal, aparte de devolvernos la voz de una inteligencia sofisticada, serena y persuasiva, nos sirven para pensar acerca de algunos de los peligros de nuestro tiempo, cuando la imaginación vuelve a estar tan vigilada como en la guerra fría, aunque con el agravante imprevisible de una transformación social, política y tecnológica sin precedentes.
Buena parte del encanto que sigue ejerciendo la obra de Trilling estriba en la relación siempre tensa que mantiene con sus ideas. En una época de enconado antagonismo político, un crítico entonces descollante y conservador como él se preocupó por llamar la atención acerca del hecho incontrovertible de que los escritores europeos más admirables y modélicos –Yeats, Proust, Thomas Mann, Joyce, Gide o Lawrence– no se avenían con los ideales sociales y políticos que los liberales defendían en Estados Unidos. Y por esa misma razón, la obra de todos ellos era más necesaria que nunca. En el ensayo El sentido de una idea literaria, sobre la relación entre idea y literatura, Trilling concluye:
“En literatura, el consentimiento intelectual no es exactamente lo mismo que el acuerdo. En una obra literaria uno puede regocijarse al mismo tiempo que no está conforme, reaccionando al poder o la gracia de un determinado espíritu sin aceptar la pertinencia de sus intenciones o de sus conclusiones; podemos, en definitiva, regocijarnos en la contundencia de un intelecto sin llevar a cabo un juicio definitivo acerca de la exactitud o la correspondencia de lo que dice”.
Para referirse a lo que he traducido por “contundencia”, Trilling utiliza la palabra cogency, que puede significar también ‘fuerza’, ‘intensidad’ y ‘persuasión’, esa capacidad de imponerse que los alemanes llaman Durchsetzungsvermögen o quizá Überzeugungskraft y que no apela a ningún acuerdo ideológico sino sólo a la imaginación. La literatura, parece decir Trilling, es un espacio de representación que suspende temporalmente todas las convicciones, librándonos a una común tierra de nadie y dejándonos a solas con nuestra alma secreta y primitiva, aunque por supuesto esa suspensión sea imprescindible para la existencia del juicio como facultad política.
Como crítico de su generación, Trilling estaba de alguna manera contestando a los dictados del New Criticism, la escuela inspirada en los postulados estéticos de T.S. Eliot que defendía la autonomía de la obra literaria, independientemente de sus condicionantes históricos y biográficos. Desde muy temprano, Trilling se rebeló con vehemencia contra esos presupuestos y denunció lo que él llamaba el divorcio entre democracia e imaginación, una ruptura que a su juicio había producido una literatura comercial y complaciente con los mitos de la sociedad de su país, más preocupada por representar lo que Tocqueville había denominado la “hipocresía del lujo”, una ilusión de calidad e igualdad donde sólo había mediocridad y pobreza.
En el ensayo dedicado a The Partisan Review, una revista en sus inicios vinculada al Partido Comunista, con el que luego rompió, Trilling pide que la publicación mantenga, a pesar de todo, su vocación política:
“Porque nuestro destino, para bien o para mal, es político. No se trata por tanto de un destino feliz, aunque tenga un sonido heroico, pero no hay forma de huir de él, y la única posibilidad de soportarlo estriba en incluir en nuestra concepción de la política toda actividad humana y cada una de las sutilidades de esa actividad. Hay evidentes riesgos en ello, pero esos riesgos todavía serán mayores si nos negamos a hacerlo. A menos que insistamos en que la política es imaginación y espíritu, descubriremos que la imaginación y el espíritu son política; y un tipo de política que no nos gustará”.
En la era dorada de la crítica estadounidense, Trilling estaba pidiendo que la política de su país se vinculara con la imaginación bajo la custodia del espíritu, representando toda la variedad posible del espectro social e ideológico, dando voz a toda disidencia imaginable y poniendo en tela de juicio las certidumbres e incluso los sagrados ideales de la propia democracia. El crítico, en definitiva, estaba exigiendo el desarrollo de una imaginación moral para su país.
Un año después de la publicación de La imaginación liberal, Hannah Arendt publicó en Estados Unidos Los orígenes del totalitarismo, su primera gran obra en inglés y el fruto de su metamorfosis en el exilio. Arendt, como es bien sabido, se había formado en filosofía bajo la tutela de Heidegger y Jaspers y luego, con el ascenso del nazismo, se había distanciado de la disciplina, dedicándose al estudio de la teoría política para tratar de afirmar un pensamiento que aceptara la acción y la democracia. Su gran esfuerzo consistió siempre en intentar reconciliar la filosofía con la política, que a su entender nunca se habían recuperado del trauma del proceso contra Sócrates. Al ver cómo la ciudad condenaba a su maestro, Platón había desarrollado una hostilidad contra la democracia que había determinado la evolución filosófica de Occidente. El filósofo, a partir de entonces, se había retirado al mundo de lo invisible, a solas con las cuestiones eternas. Arendt, en cambio, sostuvo que es imposible sustraerse al propio tiempo y defendió que la patria es siempre el presente.
Una y otra vez en la obra de Arendt, desde Los orígenes del totalitarismo hasta  Eichmann en Jerusalén y La vida del espíritu, aparece el problema de la imaginación como una facultad política esencial. Si el pensamiento se ocupa de cuestiones abstractas e invisibles, el juicio trata de problemas particulares y concretos. Para decirlo en sus propios términos, cuando juzgamos, la imaginación se entrena para ir de visita, de tal manera que, como decía Kant, el propio juicio pueda examinarse a la luz de un punto de vista general, ampliando la propia conciencia. Aunque siempre fue una gran lectora de poesía y ella misma escribía poemas, Arendt fue poco a poco concediendo más importancia a la narrativa, llegando a decir que ningún aforismo y ningún análisis podían competir con una historia bien contada, que a la vez nos incluye y nos relaciona con los demás, apelando a los que van a venir después. También Lionel Trilling, en La imaginación liberal, había pedido para la ficción de su tiempo la misma madurez y la misma complejidad que reconocía en poetas como Wallace Stevens o Marianne Moore.
La operación de restitución pública que Hannah Arendt quiso llevar a cabo en su obra está por tanto íntimamente relacionada con el problema de la imaginación. Si consideramos detenidamente la polémica cuestión de la banalidad del mal, tan citada como mal entendida, veremos que en realidad se trata de una catástrofe moral provocada por una indigencia imaginativa. Al alejarse de la tradición metafísica, que con Heidegger se había aliado con la poesía, Arendt quiso también construirse una nueva genealogía que incluyera no sólo a los grandes teóricos de la política sino también a los historiadores y sobre todo a los narradores, desde Homero y los poetas trágicos hasta Kafka, dando continuidad a algo que a su juicio había quedado interrumpido con el inicio de la filosofía griega. Según Pericles, las hazañas de los atenienses no debían ser sólo cantadas por los poetas sino también recordadas y contadas por todos los ciudadanos que aparecieran en el ágora. Arendt sabía muy bien que la tragedia había sido un género creado por la democracia para que los griegos pudieran examinar los mitos en los que se fundaba la ciudad. Antígona, en contra de lo que quiere el frágil imaginario de nuestra época, no es una precursora del feminismo sino que encarna la oposición reaccionaria y ancestral a la modernidad representada por Creonte, que con la ley intenta superar los límites de la comunidad de sangre.
Arendt y Trilling escribieron en plena posguerra, cuando Occidente intentaba asumir el abismo moral que había supuesto la Shoah y se acostumbraba a una dualidad ideológica representada por el telón de acero. Setenta años después, los occidentales vivimos en una constante perplejidad, todavía incapaces de entender qué está ocurriendo en un mundo de pronto sin matices. El liberalismo, tras haber ganado la guerra fría con la caída del Muro de Berlín, parece haber perdido la paz. Como han explicado Ivan Krastev y Stephen Holmes, todos los países de la vieja órbita soviética se están vengando de la decepción que supuso su conversión al orden liberal, una panacea que a la postre no dio los resultados esperados y que no hizo sino agravar las desigualdades y las frustraciones sociales. Convertida en una dictadura disfrazada de república parlamentaria, Rusia se dedica a servir de espejo a Estados Unidos, recordándole cómo su propio sistema traiciona una y otra vez en el extranjero los presuntos valores que defiende en su Constitución. China, por su parte, se ha convertido en el gran antagonista de Estados Unidos, exhibiendo un modelo de capitalismo salvaje sin libertades que seduce a mentes iliberales como la de Trump, Bolsonaro y el largo etcétera de mandatarios con tentaciones totalitarias. El Reino Unido atraviesa desde hace años una crisis populista que ha estado a punto de colapsar su viejo y tan admirado sistema parlamentario. La Unión Europea se dedica a intentar sobrevivir, en medio de constantes regresiones nacionalistas, obsesionada con el euro y sorda a su propia tradición literaria y filosófica. En el ámbito ideológico, el conservadurismo clásico está cada vez más mermado por el ascenso de la ultraderecha, mientras que la socialdemocracia ha dado paso a una izquierda dogmática e inconsistente, también involutiva. El viejo liberalismo anglosajón, sobre el que teorizaron pensadores como John Locke, Adam Smith o Edmund Burke, todos ellos muy bien leídos –y criticados– tanto por Trilling como por Arendt, ha dejado que sus excrecencias, a izquierda y derecha, tomen el poder, de nuevo con sus mitos sangrientos.
A todo esto, el estado de nuestro imaginario común no puede estar más depauperado. El deterioro ya global de la educación y la revolución tecnológica han conformado una sociedad gobernada por la emoción y el espectáculo, capaz únicamente de reacciones primarias y sensible sólo a ideas absolutas. Cualquier discusión se ha vuelto visceral y personal, sin que apenas haya posibilidad de apelar a los argumentos. Las redes sociales muestran un mundo de narcisistas compulsivos, donde por otra parte una doxa masiva es hoy nuestra verdadera representación, un teatro de opiniones instantáneas y efímeras, el coro ensordecedor de nuestra tragedia sin actores. Como ha denunciado una y otra vez Jaron Lanier, las redes están creando una sociedad de ciudadanos rencorosos, miopes, tristes, histéricos y vengativos. Por otra parte, el descrédito de la razón ha desatado una guerra entre lo factual y lo mendaz, entre la verdad y la posverdad, que en sí misma evidencia el estado de nuestra imaginación.
Como muy bien supieron ver Arendt y Trilling, el totalitarismo viene siempre precedido por un secuestro de la imaginación moral, a la que de pronto se le impide representarse, es decir, desenvolverse dramáticamente en su multiplicidad viva y proteica. La distinción de Trilling entre consentimiento y acuerdo intelectual es hoy casi intolerable, revolucionaria. Como decía Kafka: “Es difícil decir la verdad, puesto que la verdad es una, pero está viva y tiene por ello un rostro vivaz y cambiante”. Desterrados en un mundo de datos y de opiniones, hemos olvidado que la literatura, sobre todo, era el espacio donde tradicionalmente se había representado la vida de la verdad, ese rostro vivaz y cambiante que se nos quiere ocultar. Cuando la indignación global profiere el grito de “racista” derribando estatuas indiscriminadamente, desde Churchill a Cervantes o Colón, qué más da, no se pone tan sólo de manifiesto un evidente problema de incultura sino sobre todo una desoladora falta de imaginación, una facultad que ya no sabe entrenarse para ir de visita y que por tanto es incapaz de juzgar particulares y desarrollar un criterio propio.
Tanto Arendt como Trilling aún escribieron en un mundo donde la literatura y el pensamiento ocupaban un lugar hegemónico. Nosotros ya no podemos hacer sutiles distinciones más que en el ámbito cada vez más pobre de la especialización. La literatura y las artes ocupan hoy en día un lugar residual y su espacio ha sido colonizado por un sucedáneo de la imaginación donde se adiestra a los espectadores a obedecer  consignas y a responder a estímulos básicos y sentimentales. En Europa nos estamos apresurando a aceptar un nuevo puritanismo que en el siglo XVII cerraba teatros y que ahora mata civilmente a cualquier sospechoso de disidencia, sin que nadie sepa muy bien qué se está defendiendo con ello. Si hace veinte años alguien nos hubiera dicho que Woody Allen llegaría a tener problemas para publicar sus memorias o estrenar sus películas, simplemente no lo hubiéramos creído, como tampoco hubiéramos podido imaginar que Gallimard aceptaría la coacción de las redes y desistiría de publicar su edición anotada de Bagatelles pour un masacre, el panfleto antisemita de Céline. Tampoco hubiéramos dado crédito a la noticia de que Lolita –una obra que tuvo que ser publicada en Europa en 1955 porque en Estados Unidos se encontró con las limitaciones imaginativas que entonces denunciaba Trilling– pudiera ser objeto de acusaciones tan falaces como que la novela constituye, nada menos, que una apología de la violación de menores. Pero hace veinte años novelistas como Philip Roth o J. M. Coetzee ya reflejaron en sus mejores obras el principio de este clima de asfixia y fanatismo.
No hay, como escribió Hannah Arendt, pensamientos peligrosos, sino que pensar es en sí mismo peligroso. Luis Buñuel le decía siempre a Jean-Claude Carrière que el buen guionista debe cada día matar a su padre, violar a su madre y traicionar a su patria. Y Wallace Stevens, al final de la deificación romántica del espíritu, aseguró que incluso la ausencia de imaginación debe ser imaginada. El actual rechazo a la representación delata un miedo a la propia condición humana, a lo que hay en ella de deinós, ese epíteto con que Sófocles define al hombre en el coro de Antígona y que puede traducirse por terrible, admirable, tremendo, espantoso, inquietante. Decía Canetti que Plutarco –como luego Shakespeare, su sucesor– había mostrado lo más terrible del hombre por amor a él y que por ello le había sido dado verlo todo y escribirlo. A nuestras espaldas alienta un legado imaginativo inabarcable que ha dado cuenta de la complejidad que significa ser humano, desde lo más atroz a lo más sublime, desde la crueldad más insoportable a la caridad milagrosa. No hay forma de distinguir entre el bien y el mal sin recurrir a ejemplos, ya sea a través de nuestra relación con los demás o mediante las ficciones que nos hemos ido procurando a lo largo de los siglos para tratar de soportarnos y conocernos. Una gran obra literaria no resuelve nada, tan sólo añade complejidad a nuestra forma de observar el mundo, haciendo más difíciles nuestras decisiones morales. En esta tormenta de ignorancia y furia que nos envuelve sorprende la seguridad con que tantos, sobre todo los más jóvenes, hablan a la hora de condenar, desterrar, censurar y vilipendiar. Hace poco, un amigo profesor de universidad me contaba consternado cómo sus alumnos habían definido Vértigo de Hitchcock como un claro ejemplo de “violencia heteropatriarcal”. No me puedo imaginar nada más triste que tener dieciocho años y reaccionar con una frase formular a una película de esa magnitud.
Curiosamente, Hannah Arendt y Lionel Trilling coincidieron también en otro diagnóstico que quizá explique algo de lo que está ocurriendo. En su ensayo sobre el primer informe Kinsey, acerca del comportamiento sexual de los varones, entonces revolucionario y popular, Trilling advirtió que la ciencia estaba usurpando el lugar de la imaginación artística como medio de averiguación amorosa: “La Venus del Informe, a diferencia de la Venus de De Rerum Natura de Lucrecio, ya no brilla en el firmamento ni la tierra le ofrenda flores”. En su lugar, decía Trilling, había aparecido un nuevo héroe, consagrado por Kinsey en el imaginario común norteamericano: el brillante abogado que durante treinta años ha mantenido una constante de treinta orgasmos por semana. La frecuencia sexual se había convertido en un valor absoluto.
Pocos años después, en 1958, Hannah Arendt publicó La condición humana, su exhaustivo estudio sobre la acción política. Para tratar de definir qué significa la vita activa, en contraposición a la complementaria vita contemplativa, Arendt hizo una distinción, inspirada en Locke, entre labor, trabajo y acción. La labor incluye todo aquello que tiene que ver con el consumo y la producción de bienes perecederos y que por tanto afecta al cuerpo y a las necesidades biológicas del hombre. El trabajo, en cambio, se refiere al utilitarismo y a la creación de bienes imperecederos, aquello que tradicionalmente había definido al Homo faber. Y por último la acción tenía que ver con la palabra y la intervención en el ágora, en el espacio público, donde cada nacimiento supone un inicio y una iniciación en una trama de relaciones pasadas y presentes. Y es ahí, en esa idea de la acción pública como suma de historias, donde su concepción de la imaginación narrativa adquiría su verdadera trascendencia política.
En su ensayo, Arendt concluía que en la modernidad el trabajo y la labor habían ido restando espacio a la acción, llenando el ágora de útiles y de cuerpos. El prestigio ascendente de lo biológico, denunciado también en el análisis de Trilling sobre el informe Kinsey, auguraba un retroceso del espíritu y dibujaba una inquietante perspectiva. A la preponderancia del Homo faber, que hace del uso de útiles su credo, se le sumaba ahora el animal laborans, que poco a poco iba ocupando toda la escena. Aquello que en Grecia se reservaba para los esclavos, porque estaba asociado al apetito natural y resultaba vergonzoso, estaba desplazando al zoon politikón de Aristóteles, al hombre entendido como animal capaz de organizarse políticamente mediante el lógos.
Ese triunfo de la sociedad sobre la política se ha consumado plenamente en el siglo XXI. La revolución digital ha hecho del utilitarismo el dogma esencial de una esfera pública regida por la publicidad y el consumo, el reino de ese ciudadano que Ferlosio denominó Homo emptor, el hombre que compra, a la vez que ha confirmado la profecía de Marx según la cual el último estadio del capitalismo sería la puerilidad. El adulto, en un mercado dominado por el juguete, está desapareciendo de nuestro mundo. Al mismo tiempo, el animal laborans se ha enseñoreado de nuestro ámbito colectivo. El culto a la salud, al deporte, al sexo y a la gastronomía, manifiesto cada día en la prensa, no es sino el síntoma de una glorificación del cuerpo que ha relegado al espíritu y al lógos a una posición marginal. Los cocineros son ahora nuestros filósofos.
Esa invasión del cuerpo en todos los órdenes evidencia la progresiva desaparición de la voz trascendental, que no tiene por qué ser religiosa, en un sentido ortodoxo. En los ensayos finales de La imaginación liberal, Trilling observa que la mejor literatura, de Shakespeare a Faulkner, está transida de lo que él denomina piety y que nosotros no podemos traducir por “piedad” sino más bien por algo como “espiritualidad”, que no tiene que ver tanto con la religión como con un acusado sentido de la trascendencia. Es la intensidad que percibimos en escritores como Emily Dickinson, Henry James o Proust, que nada tienen de devocionales y que sin embargo transmiten una elevación muy parecida a la religiosa. Por su parte, en La vida del espíritu, su última obra, Hannah Arendt quiso estudiar los fundamentos de la vita contemplativa. Si en La condición humana se había interrogado acerca de qué hacemos cuando actuamos políticamente, en La vida del espíritu se preguntó dónde estamos cuando pensamos. Arendt empieza su reflexión (todo el libro, por cierto, ha adquirido con el tiempo una relevancia insospechada) reconociendo el descrédito en que ha caído  lo que no es visible y palpable, como si de alguna manera estuviera volviendo al punto de partida de su carrera, cuando renunció a la filosofía para abrazar la teoría política: “Es evidente que una criatura sin espíritu no podrá experimentar algo parecido a una experiencia de identidad personal, pues se encuentra totalmente a merced de su proceso de vida interna, de sus sentimientos y emociones, cuyo cambio continuo no se diferencia en nada del cambio continuo de los órganos corporales”.
Hoy en día estamos asistiendo a una polémica impugnación de las identidades sexuales clásicas. En contra de lo que defiende el pensamiento conservador y cristiano, no hay a mi juicio nada que objetar a ello, salvo que la novedad no estriba tanto en la transgresión como en el modo de expresarla e imaginarla. La literatura clásica –la griega en particular– abunda en ejemplos de metamorfosis y cruce de géneros con una promiscuidad imaginativa difícil de superar. Por otra parte, el descubrimiento de la profundidad del cuerpo ya conoció en la primera mitad del siglo XX un tratamiento radical en la obra de Gottfried Benn, Trakl, Schiele, Thomas Mann o Céline, por citar sólo unos pocos. Las imposiciones banales de la psicología moderna, en cambio, están provocando que la sexualidad se explore de un modo cada vez más superficial, atento tan sólo a las emociones y a cuestiones médicas y sociológicas. Como dijo Guy Davenport hace treinta años, saludando la obra de Anne Carson: “El dios Eros y su madre Afrodita han sido de nuevo proscritos, un nuevo puritanismo se acerca, pero todavía hay poetas que le dejan a Eros su dominio y que pueden contarnos cómo, mientras los profetas duermen, los áster del jardín descargan su relámpago rojo en la oscuridad”.
Vivimos en una sociedad perpetuamente conmocionada donde el relumbrón instantáneo de la pantalla ha sustituido a todo lo que pide tiempo, reflexión, silencio, soledad y concentración. En el debate parlamentario, la emoción se utiliza cada día de forma obscena. Los políticos de la nueva izquierda, sobre todo, se han querido apropiar del bien, ignorando que la bondad, cuando abandona la guarida del anonimato, se convierte en un perverso instrumento de coacción y denota todo lo contrario a lo que pretende. No hay nada más embarazoso que ver a nuestros representantes llorando cada dos por tres. Como dijo Schelling de forma inapelable: “El sentimiento es maravilloso cuando permanece en el fondo, pero no cuando surge a la luz para convertirse en ser y gobernar”. Lo mismo quería decir T.S. Eliot cuando escribió que “la poesía consiste en una huida de las emociones, aunque sólo quienes tienen emociones saben lo que significa huir de ellas”.
“Quien ha visto el presente, todo lo ha visto”, escribió Marco Aurelio. Sólo una sociedad que ha destruido su memoria puede creerse novedad. Nuestro olvido, para empezar, afecta al lenguaje. Avezados a servir al dios del progreso nos hemos acostumbrado a ser dominio mientras la técnica, como vio Heidegger, nos ha acabado dominando a nosotros, cada vez más hincados de rodillas. Creemos que podemos manipular tal o cual idioma, cambiando una vocal para sentirnos más libres y más justos, mientras desoímos la tormenta del lenguaje, que nos atraviesa y nos habla, con miles y miles de años vibrando en cada palabra. “Aunque transites todos sus caminos, nunca conocerás los límites del alma, tan profundo es su lógos”. La máxima de Heráclito sirve para resumir todo lo que hemos perdido.
No es casual que muchos de los escritores a los que Trilling ponía como ejemplo para su país fueran aquellos que rastrearon los restos del espíritu en el mundo moderno. Henry James, un novelista, como decía Iris Murdoch, capaz de decirlo todo y de escribir en cinco dimensiones, detectó que Europa estaba a punto de empezar a pudrirse, cuando a su alrededor sólo se percibía aún la euforia por el progreso. Rilke, en las pocas semanas en que escribió de un rapto las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, encerrado en el castillo de Muzot a principios de febrero de 1922, fue uno de los últimos poetas capaces de visión, creando con sus ángeles los emisarios de una espiritualidad desahuciada. Y Robert Musil, en la oceánica aventura de El hombre sin atributos, se adelantó cien años a nuestra situación, ensayando, en el laboratorio del fin del mundo de Kakania, una desesperada quest en busca de los residuos de lo trascendente en toda la experiencia humana, culminando su búsqueda en una de las últimas aproximaciones verdaderamente místicas al amor, tan afín a Rilke en algunas cosas. La magnitud casi suicida de su tarea, como la Joyce, Proust, Faulkner, Eliot o Broch, avergüenza a nuestra imaginación sumisa.
Las democracias necesitan espacios de representación dramática donde el ciudadano pueda poner en órbita su propio punto de vista sobre cualquier asunto privado o público. En los treinta años que han transcurrido desde la caída del Muro de Berlín, el liberalismo occidental se ha concentrado tan sólo en el narcótico de un crecimiento infinito, con las consecuencias que todos ya conocemos, olvidando su tradición artística, literaria y filosófica. En plena guerra fría, Lionel Trilling pudo desarrollar y ejercer todavía su autoridad. Nosotros, en cambio, hemos aceptado con toda naturalidad la desaparición de la crítica, que ya ha sido completamente sustituida por la publicidad. Las consecuencias de ello para la salud del imaginario público parecen muy evidentes. Nuestra imaginación degradada y nuestro espíritu menesteroso se han convertido ya en política; y ciertamente en un tipo de política que no nos gusta. Shelley dijo una vez que era imposible imaginar cómo hubiera sido la condición moral del mundo si la literatura hubiese dejado de existir. Ahora, mientras la lechuza emprende una vez más su vuelo al atardecer, tenemos la oportunidad de vislumbrarlo y de aprender quizá algo de ello.
Es verdad que el discurso crítico tiende a la melancolía y quizá sea sano poner en duda sus veredictos apocalípticos. La imaginación, como dijo Wallace Stevens, siempre está al final de una era. De la misma manera que Lionel Trilling apenas pudo disfrutar del espectacular despliegue que la novela conoció en su país en las últimas décadas del siglo XX, tal vez haya hoy una reserva de la imaginación, aún muy difícil de detectar pero ya viva, tratando de despuntar sobre los escombros. Por mucho que intentemos simplificar nuestra condición, la complejidad de la experiencia acabará por derrotarnos. Aunque es cierto, como decía Trilling a propósito de Henry James, que la imaginación del desastre es una de las vías de acceso a la verdad, no lo es menos que lo más difícil para el hombre, como defendió Hannah Arendt toda su vida, es pensar en el inicio y olvidarse de la muerte. Esa es también, a pesar de todos los indicios, una de las obligaciones de la imaginación.