Jardín de citas: "...que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella, y aún más de mi jardín imperfecto". Michel de Montaigne
sábado, 10 de abril de 2021
viernes, 9 de abril de 2021
domingo, 21 de marzo de 2021
Esnobismo obliga
El snob es una figura heroica en los tiempos que corren o se despeñan. De ahí yo no me apeo. «¡Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también!», diagnosticó Antonio Machado. Él, con su torpe aliño indumentario, lo sabía bien. Y admiraba de su hermano Manuel (¡cuánto se quisieron y se admiraron ambos hermanos!) el afán de distinción, entre otras cosas. «Mi elegancia es buscada, rebuscada», reconoció el poeta de El mal poema, tan chic como torero, medio parisién, medio madrileño, y sevillano y medio. Para que no cupiesen dudas, dejó caer con la languidez del rey que sostenía el guante de ante con su mano de azuladas venas: «De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo./ No se ganan, se heredan elegancia y blasón…»
Los tiempos se han decantado
definitivamente por el desaliño, de modo que hoy la actitud de Manuel («qué
difícil es») adquiere tintes homéricos. Por eso, los últimos aristócratas son
los snobs. Qué vuelta de tuerca, por cierto, si de
verdad es falsa la preciosa etimología de la palabra «s.nob.», aparente contracción de «sine nobilitate». Como sea, ellos resisten en los más abandonados
y desprestigiados puestos. No hay batalla cultural más encarnizada que una
corbata como Dios manda ni fiereza comparable a la obstinación en las buenas
maneras entre modos patibularios. Su esnobismo les impele y, como la obligación
ennoblece tanto como la nobleza obliga, ahí están, reserva espiritual de
aristocratismo. Tan es así que se ha invertido la percepción y, si un noble de
sangre se empeña también en resistir al agachonamiento generalizado, se le
tilda —obsérvenlo ustedes— de snob. Ese inesperado
insulto lo debería percibir (maravillosa voluta) como una condecoración.
Oswald Spengler, experto en
decadencias, ya avisó de que «en una cultura que se eleva, los pobres tratan de
imitar las maneras de los ricos, pero que, en una cultura declinante, ocurre lo
contrario». Estudien a su alrededor a ricos y pobres, y verán que solamente el
menguado pelotón de los snobs resiste
contra moda y marea. Cada vez quedan menos.
Al snob se le ha afeado su pretensión de ser lo que
no es, pero aquí estamos con Nicolás Gómez Dávila: «La falsa elegancia es
preferible a la franca vulgaridad. El que habita en un palacio imaginario se
exige más a sí mismo que el que se arrellana en una covacha». Además, siendo el
hombre un ser de deseos, futurizo, aspiracional, termina acercándose mucho a lo
que desea. Joaquín Soler Serrano, en el inolvidable programa de
televisión A fondo, preguntó a Carlos Barral
si su pose aristocrática era innata o impostada. El poeta suspiró que qué
importaba, porque, de una forma u otra, ya era parte de su naturaleza.
Como los deseos tienen ese poder
configurador, hay que escogerlos con tino. Advertía el vizconde de Chautebriand
en sus Memorias de Ultratumba que «la aristocracia cuenta
con tres épocas sucesivas: la época de la superioridad, la época de los
privilegios, la época de las vanidades: al salir de la primera, degenera en la
segunda y se extingue en la última». El problema del snob, en principio, es que envidia —por innata
humildad— la época de las vanidades. Pero eso sería posible antes. Hoy, tal y
como están las cosas, el señorío no supone privilegio alguno y, todavía más,
exige enfrentarse al mundo, el dinero y la carne con estoicismo de hidalgo de
pueblo. La chabacanería, según aguda definición de Julián Marías, es la
vulgaridad satisfecha de sí misma; y es el signo de la hora. El snob, tan íntimamente insatisfecho de sí mismo, se
yergue dubitativo como el anti chabacano por excelencia.
Tiene razón, como acostumbra, sir
Roger Scruton cuando advierte que «Todos condenamos el esnobismo, pero, por
debajo de la reina, todos caemos en él, aunque sólo sea de alguna forma
invertida». Por eso, nos interesa mucho dar con la interpretación correcta,
derecha, y perfeccionadora. Entre la Escila del dandismo y la Caribdis del
resentimiento, Scruton personifica el esnobismo de ley que propone,
especialmente operativo en su cariño al padre socialista y a los abuelos de
orígenes muy humildes. Es una muestra emocionante de aquel «amor rectificativo»
que aconsejaba Álvaro d’Ors: «Profundizarás en la conciencia de pertenecer a
una estirpe que tú mismo contribuyes a ennoblecer».
Virginia Woolf, por su parte, se
reconocía snob en un gesto definitivo:
cuando recibía varias cartas, colocaba encima del montón, si había tenido
suerte, aquella que traía la coronita nobiliaria de algún corresponsal.
Cuánto se parece esto, por cierto, al tic de citar sin solución de
continuidad a autores de prestigio, un name-dropping intelectual
que, con rebuscada justicia poética, se practica con profusión en este
artículo. O sea, que Wolf sabía de primera mano cómo era el paño, y lo
demuestra en su definición: «El snob es una
criatura de mentalidad revoloteante e inestable, tan escasamente satisfecha de
su condición que, a fin de consolidarla, está siempre alardeando públicamente de
títulos u honores, para que los otros crean, y le ayuden a creer, lo que él o
ella realmente no cree: que es una persona importante».
Partiendo, pues, del mérito
indudable de su inseguridad, hay que seguir avanzando con paso seguro. Nos
jugamos más de lo que parece. Lo advierte Remí Brague en su excelente último
libro, Manicomio de verdades (Encuentro, 2021): «Las
sociedades aristocráticas pertenecen al pasado. Pero su visión de la vida debe
guardarse como oro en paño si queremos evitar el terrible diagnóstico de Edmund
Burke de que “las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás
mirarán por la posteridad”».
El oro es la visión aristocrática
de la vida, y el paño, un esnobismo que resiste. Lo gracioso (y muy serio) es
que Brague pone como modelo el castillo de Blandings y el sentido de la familia
que tiene Clarence, 9º conde de Emsworth. De modo que, para un asunto de
importancia capital para el porvenir de Occidente, el gran intelectual francés
se hace fuerte en el baluarte de P. G. Wodehouse y su obra de ficción, tan
cómica y militantemente snob. Es difícil no
admirar la intrépida perspicacia de Brague. [Si quieren un compendio, escuchen,
precisamente, su conferencia «God as a Gentleman»,
donde vuelve a citar como argumento de autoridad a Wodehouse.] Brague se da
cuenta de que lo importante no es aspirar a una patentada aristocracia con
todos los papeles, digamos, sino estar a la altura de un ideal ennoblecedor,
irónico con uno mismo, bondadoso con el resto, novelesco con todos. Al final, resulta
que don Quijote sí resucitó el espíritu de la caballería andante. Ya lo vio
venir Gilbert K. Chesterton, tan desdeñoso de la pinturera aristocracia inglesa
(ese pecado venial, decía), pero tan quijotesco como para titular su primer
libro de poemas El fiero caballero (1900) y
para titular una novela de tesis como El retorno de don Quijote (1926).
Tras sus ejemplares vacilaciones,
la última hazaña del snob es negarse
a sí mismo, como hizo al final don Quijote mejor que nadie. Y ésta es la razón
que tienen los amigos críticos. El snob acierta
muchísimo al dudar de sí mismo, sí; pero no acierta en absoluto al hacerlo de
su dignidad. Olvida, distraído por el brillo de las metáforas y las analogías,
la nobleza inherente e insuperable que radica en la naturaleza humana, como
explicó nada menos que Boecio: «Si primordia vestra autoremque
Deum spectes, nullus degener existat».
El esnobismo es una de las
pruebas más palpables y, por tanto, más paradójicas, de la nobleza universal.
¿O es que acaso no le encaja como un guante el «principio del príncipe
destronado» de Blaise Pascal? Se pregunta el agudo pensador: «¿Quién se
considera infeliz por no ser rey excepto aquel que ha sido desposeído?» Cambien
«rey» por «noble»; y ahí tienen retratada la encrucijada del snob. Lo explica Pascal con un plástico ejemplo:
«¿Quién se considería infeliz por tener una sola boca, y quién no por tener un
solo ojo? Es probable que nadie se haya angustiado jamás por no tener tres
ojos, mas no hay consuelo para quien no tiene ninguno». La angustia del snob es la prueba del altísimo abolengo originario
del linaje humano, por eso el snob remonta a
la inversa la escala de Chateaubriand hasta terminar negando el esnobismo. No
hay ser humano sin nobleza, aunque luego haya que ejercerla, que no es lo mismo
que aparentarla, pero por algo se empieza.
POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ 19 marzo 2021
via https://revistacentinela.es/esnobismo-obliga/
miércoles, 17 de marzo de 2021
sábado, 13 de marzo de 2021
jueves, 11 de marzo de 2021
El triunfo de la moral utilitarista
¿Qué ha cambiado para siempre?
Me preguntaron en Política Exterior qué había cambiado con la pandemia para siempre. Esta fue mi respuesta:
El escritor francés Armand Gatti hizo un viaje a Pekín, junto a un grupo de intelectuales europeos maoístas, a finales de los años sesenta del siglo pasado. Todos fueron recibidos por el Gran Timonel, Mao Zedong, que les autorizó a hacerle preguntas. Gatti se interesó por el futuro. ¿Cómo veía el gran líder el porvenir? Mao metió su mano en un bolsillo, sacó una carpeta, buscó una hoja en blanco, la arrancó y se la entregó.
Quizás Mao estaba queriendo decir a Gatti lo que Napoleón le dijo a Goethe en Erfurt: “¿Para qué queremos ahora el destino? ¡La política es nuestro destino!”.
Pero resulta que no. La política puede creerse soberana mientras la naturaleza permanece dormida, pero cuando a esta le da por sublevarse, es ella la que decreta los estados de excepción. La naturaleza nos dice su verdad inapelable con frecuencia, pero, por naturaleza, la política tiene los oídos taponados de ideología. El insigne Herr Professor Gottlieb Erlöser Panaceo nos lo advirtió en su obra Del cuádruple principio de la insuficiencia de la razón.
Con lo difícil que es adivinar el pasado (como bien saben los historiadores) y nos ponemos a adivinar el futuro. Hay, sin embargo, una razón poderosa para ello: los hombres somos seres futurizadores. Por eso jugamos a predecir las consecuencias de hechos cuya llegada fuimos incapaces de imaginar, como la pandemia de la Covid. En mi humilde opinión, estos tiempos de pandemia nos han dejado dos enseñanzas claras.
La primera es que la moral kantiana está bien para los tiempos en los que la naturaleza calla, pero cuando grita, descubrimos que el principio categórico que nos exige tratar a todo hombre como un fin y no como un medio está por encima de nuestras posibilidades. Así que recurrimos a la moral de urgencia del utilitarismo. Es lo que hemos hecho sin debate, como si no quisiéramos enfrentarnos al hecho de que la moral utilitarista es una moral sacrificial: nos dice a quien hay que sacrificar sin crearnos problemas de conciencia. ¿Recuerdan lo ocurrido en la primera ola con los ancianos?
La segunda enseñanza es el olvido inmediato de la primera.
Volvamos a Gatti. Durante meses, conservó aquella hoja en blanco como una reliquia dialéctica entre las páginas de un libro. Un día sus hijos sacaron el libro de la estantería, encontraron la hoja y la llenaron de garabatos indescifrables.
Gregorio Luri
https://www.politicaexterior.com/agenda-exterior-pandemia-y-cambio/
sábado, 6 de marzo de 2021
lunes, 1 de marzo de 2021
Josep Pla, sobre Cataluña
“En este país. No ha habido nunca humor (…). Ha habido ironía y sarcasmo”.
“Nuestro pueblo, que no conoce,
socialmente hablando, ni la ironía ni el humorismo -estas posiciones superiores
del espíritu humano-, necesita una especie de voluptuosa casuística moral que
sirva no para mejorar el país, sino para identificar a traidores”.
“Nuestro pueblo tiene una tendencia a
destruir a los que lo sirven de una manera normal y a dotar de una aureola a
quienes lo engañan de manera brillante”.
“En este país hay una manera cómoda de
llevar una vida suave, tranquila y regalada: consiste en afiliarse al
extremismo razonado y en lavarse las manos ante todo”.
“El pueblo catalán sólo conoce de
la política los grandes programas cegadores y brillantes hasta el empalago (…)
y los estados de melancolía mórbida y agradable de la masa que siente el gusto
secreto de sentirse pisoteada y vejada. El sentido de la verdadera política, el
sentido de negociación constructivo, tenaz, responsable y prudente (…) era y es
hoy una novedad tal y de un sentido tan progresivo que no es extraño que los
vicios y defectos seculares del país se hayan conjurado espontáneamente contra
el establecimiento de este método.”
“La peor plaga que puede caer en un país
es la del extremista furioso y puro como un lirio que no le importa esperar dos
o tres siglos para implantar el extremismo que predica”.
“… la incapacidad absoluta de una gran
masa de la opinión catalana para entender la política tal como se entiende en
cualquier parte”.
“Los catalanes se volvían a dividir
entre puros e impuros, en engañados y traidores. Los impuros y traidores son
los que han osado hacer alguna cosa por el país, y los otros son los que no
osarían hacer nada porque sobre el papel todo lo tienen resuelto y
atado”.
“La poesía del catalán, incluso la
poesía popular del catalán, es la política. Cuando habla de política, el
catalán sabe raramente qué quiere; se coloca en un terreno de actuación
imposible, sólo siente alegría con los ideales remotísimos y -naturalmente- se
fatiga en cuanto hay que hacer un esfuerzo de continuidad, de tenacidad, de
insidia.
“¿Cuál es el catalán que no ha resuelto
in mente o en la tertulia del café todos nuestros problemas? Vivimos en el país
de las soluciones, y sólo hace falta plantear un problema para que lluevan de
todas partes como pan bendito”.
“A la más pequeña contrariedad surge el
desencanto, se inicia el estado de histeria y los nervios hacen las cosas
imposibles. Entonces nos contraemos en nosotros mismos y dejamos volar la
fantasía sobre los programas que teóricamente lo han resuelto todo”.
“Se puede observar persistentemente, la
existencia en nuestro país de una corriente que tiende a confundir la filosofía
con la política, la realidad con la abstracción que se desea. La filosofía no
compromete nunca, permite, con su amable vaguedad, seguir las ondas instintivas
de la gente, de actuar según uno de los axiomas más funestos de todos los que
circulan por aquí: el axioma de que el pueblo no se equivoca nunca”.
“Cataluña es, desde hace muchos años, un país de apasionada lucha social poblado de espíritus que vibran en presencia de las formas más inciertas y flotantes del mito y de la utopía”.
Josep Pla, "Cambó"
(1928-1930).
domingo, 28 de febrero de 2021
Bullshit i testosterona
Que qui vigila el vigilant, preguntes mentre llences una ampolla de vidre contra el cordó policial. Doncs tu, fill meu. Tu. Però tu ets qui has decidit omplir les institucions d’irresponsables i el carrer de piròmans, en la que seria, si ho fos, l’acció més ben coordinada en molts i molts anys per assegurar l’autodestrucció del país.
Hem premiat uns polítics que porten anys dient i prometent que fins que tinguin tot el poder que els donaria la independència no pensen assumir cap de les petites responsabilitats que els ofereix l’autonomia. I això, que bé podia portar cap al totalitarisme, ha quedat en la mera però absoluta irresponsabilitat política.
No és sorprenent que es facin els sorpresos, els incapaços d’entendre que les revolucions no es fan a la seva pressumpta manera sinó al carrer, amb bullshit i testosterona. Tampoc és sorprenent que els entusiasmi descobrir en els joves que protesten la mateixa retòrica buida que omple els seus discursos oficials. Es comporten com a pares comprensius i orgullosos i tenen bones raons per fer-ho, perquè veuen en els joves la continuació de la seva hipocresia per altres mitjans.
El bullshit del revolucionari al carrer encaixa perfectament amb el discurs
dels seus pares i mestres i líders mediàtics. I és aquí, en la normalitat del
discurs públic i no en l’excepcionalitat dels aldarulls i la violència al
carrer, on es mesura la qualitat de la democràcia. En les anàlisis tan
sofisticades i comprensives que fan de les causes de la revolució i el
descontentament juvenil i que obliden, d’entrada, que l’acció humana no té
causes, només motius i excuses. I que qui pretén trobar les
causes més profundes i complexes de les accions dels altres només exhibeix els
seus prejudicis més arrelats. És per això, boomers, que per molt que hi hagi,
perquè sempre n’hi ha, molts motius per protestar, no vol dir que els qui
protesten ho facin pels vostres motius.
Aquesta comprensió és un paternalisme. I el mínim que es podria esperar d’uns joves revolucionaris com déu mana és que responguin a aquesta falta de respecte amb un ok boomer. Que quan els qui tan insisteixen en escoltar els joves els expliquen que protesten per la manca de futur i per l’atur juvenil i el règim del ’78 els contestin ok boomer. Perquè, ¿què més han de fer els joves, què més han de dir, perquè els prenguin seriosament com els revolucionaris que pretenen ser? Sort de la policia. Perquè la policia serà l’enemic, però l’enemic és sovint l’únic que ens pren seriosament. I sort, diguem-ho tot, que la revolució sempre pot trobar una realitat, per trista i per cutre que sigui (un Decathlon, una botigueta de fundes de mòbil o de menjars per emportar), contra la qual dirigir la seva ràbia adolescent.
Perquè la gràcia de ser jove, la gràcia de la revolució, és que els pares, els profes i els poders no els entenguin. El discurs paternalista, que no paternal, els roba fins i tot això. I els roba, per tant, la possibilitat d’aprendre a viure en un món que sovint no s’entén. Són la mare que llegeix el diari mentre el nen aprèn a anar en bici i crida mama mama mira què faig. I la òstia, inevitablement, se la fotrà el nen.
Els joves revolucionaris haurien de fugir de la comprensió d’intel·lectuals i polítics com a pitagòrics de les faves. Haurien de fugir de polítics tan compresius com Pedro Sánchez, tan i tan comprensiu que fins i tot entonava una versió molt pròpia, molt dolça i unplugged, de l’”apreteu i feu bé d’apretar”, hores abans d’apujar la quota d’autònoms i de fer, per tant, molt més difícil que els joves, tan ben entesos, tan mal tractats, puguin guanyar-se la vida pel seu compte. Aquests discursos tan comprensius són una falta de respecte als joves, un paternalisme hipòcrita i llefiscós que per una banda els elogia pel que fan malament mentre que per l’altra els fa molt més difícil poder fer les coses bé.
I els joves revolucionaris haurien de fugir de l’aplaudiment dels intel·lectuals a sou, dels vencedors de la penúltima revolució fracassada, que aplaudeixen des del despatx una nova i pretesa revolució que no és més que el preu que paguem els altres pel seu sou públic.
Aquests són els que ens diuen que hem d’escoltar els joves, però a qui estaria bé sentir de tant en tant és als adults. Als qui puguin recordar que aquest tiktok se l’ha inventat un boomer i que l’està pagant un pare, per entendre’ns. Els que quan senten que els hem robat el futur siguin capaços de respondre que el futur no era vostre i que aquí teniu tota una civilització muntada per fer-vos la vida una miqueta més fàcil del que l’han tingut tots els humans que us han precedit.Perquè la revolució no es pot fer amb un intel·lectual que te la
justifiqui, una televisió pública que te la publiciti i un ministeri que te la
financi. Això no és serio. Les revolucions
es fan amb bullshit i testosterona i amb una policia i un govern i un profe i
un pare i uns quants boomers en contra.
https://www.eltribu.cat/bullshit-i-testosterona-de-ferran-caballero/
sábado, 27 de febrero de 2021
sábado, 20 de febrero de 2021
domingo, 14 de febrero de 2021
Nunca habrá paz
Aunque el clima benigno y claro
vuelva a sonreír en el condado de tu estima
y regresen sus colores, la tormenta te ha cambiado:
nunca olvidarás la oscuridad
que enturbia tu esperanza, el vendaval
que profetiza tu caída.
Tienes que vivir con tu conocimiento.
Detrás, más allá, fuera de ti, hay otros,
viviendo soledades sin luna que tú no conoces,
pero ellos sí te conocen a ti,
seres de género y de número desconocido:
y tú no les gustas.
¿Qué les has hecho?
¿Nada? Nada no es una respuesta:
llegarás a creer (¿cómo puedes evitarlo?)
que sí lo hiciste, que les hiciste algo;
te encontrarás deseando hacerles reír,
y anhelarás su amistad.
Nunca habrá paz.
Por lo tanto, pelea con todo tu coraje
y con todas las artimañas descorteses que conozcas,
y ten bien claro esto:
su causa, si la tenían, ya no les importa;
odian por odiar.
W. H. Auden (Londres, 1907- Viena, 1973), Parad los relojes y otros
poemas, selección y traducción de Javier Calvo, Mondadori, Madrid, 1999
(Collected Poems, Faber and Faber, Londres, 1994)
martes, 9 de febrero de 2021
domingo, 24 de enero de 2021
jueves, 21 de enero de 2021
La generación más engañada
17/01/2021 vozpopuli
El Gobierno ha promulgado una nueva Ley
de Educación. Aumenta ésta las restricciones de los centros concertados, lo que
contradice tanto la lógica económica, pues son menos costosos, como la opinión
de los propios ciudadanos, que los prefieren masivamente a los públicos.
Es lo de menos. Lo peor es que, con el fin de esconder el abandono escolar,
la Ley también opta por rebajar aún más los estándares de exigencia.
Las consecuencias serán nefastas para los más humildes, sobre todo esos
analfabetos funcionales a los que ahora regalaremos un título vacío de todo
contenido. No obstante, se equivocan los padres de clase media si creen que esa
menor exigencia no dañará la formación de sus hijos.
Cierto que los chicos de clase media son, en promedio, mejores estudiantes.
Por algo se crían en un ambiente familiar más culto y cuentan con más recursos
de todo tipo. Sobre todo, con la capacidad de sus familias para educarles, así
como la gran ventaja de que sus padres pagan por buenos
colegios públicos al comprar piso en los barrios caros de nuestras ciudades. Por eso es tan
clasista el deterioro de la enseñanza al que nos condena el falso progresismo
educativo: las familias humildes ni saben ni pueden combatirla. Sucede así
sobre todo desde la LOGSE de 1990; pero no se dejen engañar: la
tendencia se remonta, al menos, a la Ley General de Educación de 1970.
La menor exigencia para pasar de curso o aprobar se traslada enseguida
entre colegios, y dentro de cada colegio y cada clase. Como lleva ocurriendo
desde hace décadas, no serán los buenos estudiantes los que tiren de los malos
hacia arriba, sino los malos los que arrastren a los buenos hacia abajo. Si al
analfabeto se le aprueba y pasa de curso, al que aplica las cuatro reglas y
escribe sin faltas de ortografía, se le considera un sabio. Si al que
saca el bachiller de ciencias se le tiene poco menos que por un genio, el
alumno excelente queda condenado a aprender muy por debajo de su potencial,
y ello a pesar de que hace apenas veinte años hubiera sufrido para aprobar el
COU, por no hablar del antiguo “Preu”.
La magia exculpatoria
Este derrumbe de los estándares de exigencia lleva a que muchos de los
mejores estudiantes y sus padres se formen unas expectativas cada vez más
infundadas acerca de la formación y la valía de los jóvenes. La realidad solo
se impone si y cuando empiezan a trabajar, y ello en dura
competencia con las excusas habituales que les proporciona la magia
exculpatoria de designar a la generación más titulada como “la más preparada”.
Permítame ilustrarlo con una anécdota. Cada curso, en una de las mejores
facultades de Economía y Administración de Empresas, de esas que
presumen de dar muchas clases en inglés y de las altas “notas de corte” que
alcanzan sus alumnos en la selectividad, un equipo de estudiantes de último
curso elabora un proyecto de consultoría sobre desarrollo profesional.
Tras familiarizarse con la literatura científica en el asunto, deben aplicar
sus conocimientos para identificar deficiencias y definir pautas y metas de
desarrollo personal para los jóvenes graduados de su propia promoción.
El objetivo es instarles a reflexionar sobre su carrera profesional. Sin
embargo, año tras año, sin fallo alguno desde 2007, los estudiantes intentan
esquivar esa demanda. Pretenden, en cambio, centrar el proyecto en cómo deben
modificar las empresas sus puestos de trabajo para satisfacer las demandas de
sus nuevos empleados. En el fondo, pretenden enseñar a sus futuros empleadores
cómo deben adaptarse a las demandas de los propios jóvenes. Unas demandas que
ellos consideran fijas o que, al menos, no están en principio dispuestos a
alterar. Por el contrario, el encargo que reciben es muy claro, al
considerar fijos los puestos de trabajo y pedir que analicen qué pasos deben
dar ellos para adaptarse y tener éxito en su
inminente vida laboral.
Algunos padres están orgullosos de que sus retoños exijan este
cambio a las empresas, quizá porque es lo que ellos mismos han estado
concediéndoles durante años. O quizá porque imaginan que en las empresas tales
cambios son gratuitos, que es posible o incluso fácil diseñar trabajos más
cómodos o menos exigentes produciendo y cobrando lo mismo. No es cierto. Nada
es gratis, y, además, quien mejor sabe cómo hacer productiva una actividad no
son ni los jóvenes ni ese especial tipo de padres.
Aun así, podría pensarse que ambas perspectivas son igual de válidas, y que
simplemente se requiere una adecuación, ya sea de la oferta de los jóvenes o de
la demanda de las empresas. Si ahí radicase todo el problema, el ajuste sería
sencillo; si los jóvenes en verdad prefieren puestos menos exigentes, las
empresas pueden adaptarse fácilmente pagándoles un salario inferior, acorde con
la menor productividad derivada de esa menor exigencia. Pueden también
mover sus actividades fuera del país o importar titulados de otros países.
De hecho, es esto último lo que empezaron a hacer las firmas auditoras cuando,
en medio de la burbuja de crecimiento económico que vivimos en la primera
década del siglo, sus empleos eran despreciados por los graduados nativos.
Por tanto, debemos preguntarnos si es o no cierto que los nuevos titulados
prefieren puestos de trabajo de baja exigencia a cambio de un salario menor. La
explicación optimista es la de que han cambiado las preferencias de los
jóvenes, y que simplemente desean trabajar menos y conciliar más la profesión
con una vida personal de mayor calidad. Era este un argumento muy
socorrido durante la burbuja. Se decía entonces que los jóvenes se estaban
adaptando racionalmente a una situación económica que les era muy favorable, así
como al bienestar económico general y a la mayor riqueza de sus familias.
Ciertamente, caben pocas dudas de que el bienestar modifica las actitudes y
valores hacia el trabajo. Sin embargo, las crisis posteriores han venido a
desmentir esa explicación optimista porque, si bien, primero, la crisis
de 2008, y, ahora, la crisis de la pandemia nos han hecho mucho más pobres, las
actitudes hacia el trabajo siguen siendo muy parecidas. Aunque a otro nivel o
con manifestaciones distintas, seguimos observando similares desajustes a los
anteriores a la primera crisis.
Adaptación a la
realidad
Por ello, me inclino a pensar que, más bien, lo que quieren nuestros
jóvenes más titulados es un trabajo llevadero pero con buen sueldo. Muchos de
ellos son víctimas de un espejismo que los lleva a tener unas expectativas muy
infladas de su propia cualificación y productividad. Sospecho que la adaptación
de estos jóvenes a la realidad es incompleta, que sus decisiones no
están bien informadas y que no son, por tanto, plenamente conscientes
de las consecuencias que esas decisiones entrañan. Temo, en especial, que
muchos de ellos sobrevaloran su valía y su potencial de ingresos, a la vez que
infravaloran el coste de satisfacer sus necesidades, tanto actuales como futuras.
Me reafirman en esta creencia los resultados que obtiene, en esa misma
facultad y asignatura, otro equipo de estudiantes que recibe el encargo de
estimar qué ingresos necesitan lograr los jóvenes graduados para
financiar el nivel de vida que esperan disfrutar. Es notable que, en cuanto
se paran a pensarlo, saben bastante bien lo que quieren: cuántos hijos quieren
tener y en qué colegios desean educarles, en qué barrio y en qué vivienda
quieren vivir, qué coches aspiran a conducir y dónde quieren pasar las
vacaciones, etcétera. Su desconocimiento es, sin embargo, total en cuanto a los
precios; y su sorpresa mayúscula cuando atisban que, incluso tras varios años
de experiencia laboral, los ingresos medios de un profesional solo alcanzan
para cubrir entre un tercio y la mitad de los costes de su nivel esperado de
vida.
Tengo la impresión de que estos jóvenes han sido doblemente engañados, en
su casa y en la escuela. En casa, les han educado en una lógica de consumo que
va mucho más allá del mero consumismo de mercancías. La consecuencia más grave
de que los padres contemplen a sus hijos como bienes de consumo
(recuerden el inmoral dicho de “yo quiero disfrutar de mi hijo”) es que su
prioridad resida más en hacer que el hijo se sienta feliz —cuidándose para ello
de eliminar de su camino todos los obstáculos (como los “padres quitanieves” de Estados
Unidos) y de que sufran las mínimas frustraciones— que en lograr su desarrollo
personal como adulto capaz e independiente. Muchos jóvenes acaban así aspirando
a consumir puestos de trabajo; pero no a cambio de precio, sino en el régimen
de “gratis total” que han venido disfrutando.
Los empollones del
doble grado
Por otro lado, en la escuela, el instituto y la universidad hemos valorado
su rendimiento con estándares muy relajados, premiándoles de forma exagerada
por rendimientos mediocres (de nuevo, el fenómeno no es exclusivo de España:
también en Estados Unidos preocupa la
inflación de “trofeos” infantiles). De ahí que este problema de
expectativas infundadas afecte más a los jóvenes con más años de estudios y
que, entre ellos, afecte aún más a los que parecen ser “mejores” estudiantes,
aquellos que nunca han recibido una señal negativa, pese a que en otro sistema
más exigente hubieran recibido muchas. Los empollones de los dobles grados son
quizá el caso más grave, debido al tipo de docencia que se administran,
consistente en digerir una dosis doble de “apuntes”. Son los mismos que
se derrumban incrédulos cuando su primer jefe les señala los defectos de su
primera tarea profesional, defectos que todos sus profesores han omitido
corregir.
Curiosamente, se da así el caso de que en nuestro desquiciado sistema de
enseñanza los estudiantes que reciben una información más veraz de su
(ciertamente escasa) formación quizá sean los que abandonan los estudios. Esos
que nuestra flamante Ley de Educación pretende ahora engañar
con el simple expediente de pasarles de curso y regalarles un título falaz e
inútil. Dejarán así de ser una excepción.
En las próximas semanas intentaré explicar quién ha engañado a los jóvenes
y qué pueden y podemos hacer para revertir esa penosa situación.
https://www.vozpopuli.com/opinion/pandemia-jovenes-universidad-educacion_0_1429057560.html
Qué pueden hacer los jóvenes
El joven español con ganas de prosperar ha de ser
consciente no sólo de la pobre formación que recibe, produce y acumula sino de
las limitaciones de su voluntad en semejante entorno de relajación inducida.
Continuación...
La semana pasada terminé una tribuna sobre la educación en España prometiendo explicar qué podemos hacer para revertir la penosa situación que atraviesan los jóvenes.
Para empezar, procedería discutir las causas de que
hayamos llegado a esta situación. Las recomendaciones sólo pueden ser fiables
si se asientan en un diagnóstico sólido; pero ni hay paciencia para
diagnósticos ni demasiada confianza en que fueran eficaces. Por ello, más que
intentar descubrir las causas directamente, intentaré ponerlas de relieve de
forma indirecta, mediante el examen de qué medidas podemos aplicar los
diversos agentes implicados y, sobre todo, qué resistencias
encontraríamos por el camino. Confío en que esas resistencias nos ayuden a
desvelar las causas, identificar culpables y entender por dónde podría quizá ir
la solución.
Empezaré hoy con los protagonistas de la
educación: los propios jóvenes,
que son no sólo los clientes del proceso educativo, como supone
erróneamente la falsa pedagogía imperante, sino también su materia prima y su
principal fuerza de trabajo.
La respuesta parece sencilla: en la medida en que el
fallo central de la educación sea
una baja exigencia, el remedio ha de pasar por elevarla. Ciertamente, semejante
solución puede ser engañosa por, al menos, dos motivos. Por un lado, el
diagnóstico puede ser erróneo, por no existir tal caída de estándares de
exigencia o porque, aun existiendo, la menor exigencia no representa un papel
tan importante en la crisis educativa. En segundo lugar y es un riesgo bastante
más probable, porque esa caída de la exigencia no es una variable que la
mayoría de los interesados en la educación, incluyendo padres y profesores,
estemos en buenas condiciones de manejar individualmente.
Regalar buenas notas
Es éste el caso, es especial y sobre todo, de los
propios jóvenes, a quienes exige establecer una lucha con su propia naturaleza
para autoimponerse elevados niveles de exigencia personal; y se lo
exige cuando la exigencia externa es reducida y, por tanto, al menos a los
buenos estudiantes se les dice que están cumpliendo más que satisfactoriamente.
¿Qué incentivos tiene un estudiante para estudiar más o mejor si su instituto y
su universidad le regalan buenas notas con una
preparación mediocre, a menudo basada en memorizar “apuntes”, y le suelen
escamotear su rendimiento relativo incluso dentro del propio centro? A menos
que sus padres sean muy conscientes de la situación (adivinen quiénes llevan
ventaja en esa tarea: cierto, los profesores), ¿no tenderá, más bien, a
interpretar esas buenas notas como señal de que su formación ya es excelente?
Por este motivo, el joven de España con
ganas de prosperar ha de ser consciente no sólo de la pobre formación
que recibe, produce y acumula sino de las limitaciones de su voluntad en
semejante entorno de relajación inducida. En consecuencia, habrá de imitar
a Ulises cuando ordenó a sus hombres que le atasen al mástil
para resistir el canto de las sirenas. Sus decisiones deben dar prioridad a
estudiar y trabajar en entornos de alta exigencia, aunque ello suponga
sacrificios en términos de su especialización o de sus preferencias subjetivas
de aprendizaje o empleo. Unas preferencias éstas que, en todo caso, suelen
estar mal informadas y ser efímeras: no sólo están desfiguradas por
la última ficción televisiva y el gozar de una abundancia de recursos a menudo
igual de ficticia, sino que las posibilidades de “realización” personal varían
más entre profesionales que entre profesiones.
En el orden cronológico más habitual, esa estrategia
de compromiso con la exigencia implica decisiones como: (1)
matricularse en el colegio e instituto más duro, aunque estén lejos del domicilio
familiar o haya de irse a vivir con los abuelos; (2) cursar el Bachillerato
de Ciencias, aunque esté pensando en estudiar carreras plagadas de
“marías”, como suelen ser todas las de Letras y Sociales; (3)
elegir una carrera y una universidad relativamente difíciles, aunque las
preferidas o las más cómodas hubieran sido más fáciles o estén ubicadas cerca
del domicilio familiar (con dolorosa claridad: no estudiar ADE o Económicas si
la selectividad le da para Matemáticas o para una Ingeniería de
las pocas que ya quedan de verdad difíciles); (4) desde uno o dos años antes de
terminar la carrera, identificar y tener en mente como objetivo para cuando se
gradúe puestos de trabajo exigentes y con retribución diferida (aquellos que
durante los primeros años van a pagarle más en formación que en dinero); y,
posteriormente, (5) complementar la especialización y formación que le
proporcione ese primer empleo con un posgrado necesariamente
de nivel internacional.
Asimismo, aquel joven cuyas decisiones previas le
hayan dejado atrapado en carreras y universidades poco exigentes (por
desgracia, la inmensa mayoría), debería ignorar toda norma social de no
competencia y prestar atención sólo a su rendimiento relativo, aspirando a que
no sea inferior del top 5%, pero haciéndolo compatible con un
empleo productivo de su abundante tiempo libre. Para ello, debería emprender
actividades que le supongan un desafío complementario y “subsanador” de las
debilidades que haya exhibido hasta ahora, desde el deporte duro y bien hecho
hasta ejercer bien como delegado de curso, jugar en serio a la
política, organizar sociedades de debate, dar clases particulares, aprender
idiomas, o, lo mejor, trabajar; por ejemplo, como reponedor en Mercadona. Lo
esencial es respetar los dos requisitos de que sean exigentes y complementarios
en el desarrollo de su personalidad, evitando tanto el eco depresivo de las
redes sociales (puro cotilleo que debe aprender a controlar) como el
reconfortante “empolle” de apuntes al que acaba siendo adicto mucho buen
estudiante, sólo para mejorar inútil y marginalmente sus calificaciones.
Un empleo de verdad
Por supuesto que la opción más recomendable para
aquellos con verdadera fuerza de voluntad es la de estudiar a fondo algunas de
las materias por las que sientan especial predilección. En teoría, la mejor
manera en que debería poder educarse un estudiante universitario es estudiando
más y mejor. Sin embargo, para aquellos con una capacidad normal de
autocontrol, es imprescindible que estructuren su actividad de modo que la
exigencia sea exógena. En la realidad que viven la mayoría de los jóvenes y
de las carreras, cualquier empleo de verdad (que no siempre, ojo, las prácticas
subvencionadas y menos aún los erasmus turísticos) proporciona un complemento
formativo de mayor valor.
Es revelador de las causas que la principal dificultad
con que se enfrenta esta estrategia de buscar la exigencia exógena es la escasa
oferta de centros de enseñanza exigentes, a todos los niveles y ya sean
públicos o privados. Para centros públicos y concertados, podríamos echar la
culpa al torpe y trasnochado sectarismo de quienes han promulgado la
legislación educativa y, aun más, de sus inspiradores intelectuales.
Ambos tienen sin duda gran parte de la responsabilidad. Pero, amén de que
cuentan con el respaldo de sus votantes, la caída que han experimentado los
centros y universidades privados, y el que dicha caída —aunque quizá menor— se
observe también en otros países occidentales, apuntan a causas más profundas.
¿De dónde vienen esas normas sociales de bajo esfuerzo que imperan en nuestra
sociedad occidental y que sustentan el apoyo de esa pedagogía lúdica en
la que nos hemos instalado? ¿Qué podemos hacer para reconducirlas? De momento,
jóvenes, denlas por supuesto e intenten prosperar en su seno; pero no se
engañen. Sepan que no sólo van a enfrentarse con competidores productivos, sino
también extractivos. El propio futuro de Occidente quizá dependa de esa
batalla.
https://www.vozpopuli.com/opinion/jovenes-educacion-universidad_0_1431157300.html








