domingo, 21 de marzo de 2021

Esnobismo obliga


El snob es una figura heroica en los tiempos que corren o se despeñan. De ahí yo no me apeo. «¡Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también!», diagnosticó Antonio Machado. Él, con su torpe aliño indumentario, lo sabía bien. Y admiraba de su hermano Manuel (¡cuánto se quisieron y se admiraron ambos hermanos!) el afán de distinción, entre otras cosas. «Mi elegancia es buscada, rebuscada», reconoció el poeta de El mal poema, tan chic como torero, medio parisién, medio madrileño, y sevillano y medio. Para que no cupiesen dudas, dejó caer con la languidez del rey que sostenía el guante de ante con su mano de azuladas venas: «De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo./ No se ganan, se heredan elegancia y blasón…»

Los tiempos se han decantado definitivamente por el desaliño, de modo que hoy la actitud de Manuel («qué difícil es») adquiere tintes homéricos. Por eso, los últimos aristócratas son los snobs. Qué vuelta de tuerca, por cierto, si de verdad es falsa la preciosa etimología de la palabra «s.nob.», aparente contracción de «sine nobilitate». Como sea, ellos resisten en los más abandonados y desprestigiados puestos. No hay batalla cultural más encarnizada que una corbata como Dios manda ni fiereza comparable a la obstinación en las buenas maneras entre modos patibularios. Su esnobismo les impele y, como la obligación ennoblece tanto como la nobleza obliga, ahí están, reserva espiritual de aristocratismo. Tan es así que se ha invertido la percepción y, si un noble de sangre se empeña también en resistir al agachonamiento generalizado, se le tilda —obsérvenlo ustedes— de snob. Ese inesperado insulto lo debería percibir (maravillosa voluta) como una condecoración.

Oswald Spengler, experto en decadencias, ya avisó de que «en una cultura que se eleva, los pobres tratan de imitar las maneras de los ricos, pero que, en una cultura declinante, ocurre lo contrario». Estudien a su alrededor a ricos y pobres, y verán que solamente el menguado pelotón de los snobs resiste contra moda y marea. Cada vez quedan menos.

Al snob se le ha afeado su pretensión de ser lo que no es, pero aquí estamos con Nicolás Gómez Dávila: «La falsa elegancia es preferible a la franca vulgaridad. El que habita en un palacio imaginario se exige más a sí mismo que el que se arrellana en una covacha». Además, siendo el hombre un ser de deseos, futurizo, aspiracional, termina acercándose mucho a lo que desea. Joaquín Soler Serrano, en el inolvidable programa de televisión A fondo, preguntó a Carlos Barral si su pose aristocrática era innata o impostada. El poeta suspiró que qué importaba, porque, de una forma u otra, ya era parte de su naturaleza.

Como los deseos tienen ese poder configurador, hay que escogerlos con tino. Advertía el vizconde de Chautebriand en sus Memorias de Ultratumba que «la aristocracia cuenta con tres épocas sucesivas: la época de la superioridad, la época de los privilegios, la época de las vanidades: al salir de la primera, degenera en la segunda y se extingue en la última».  El problema del snob, en principio, es que envidia —por innata humildad— la época de las vanidades. Pero eso sería posible antes. Hoy, tal y como están las cosas, el señorío no supone privilegio alguno y, todavía más, exige enfrentarse al mundo, el dinero y la carne con estoicismo de hidalgo de pueblo. La chabacanería, según aguda definición de Julián Marías, es la vulgaridad satisfecha de sí misma; y es el signo de la hora. El snob, tan íntimamente insatisfecho de sí mismo, se yergue dubitativo como el anti chabacano por excelencia.

Tiene razón, como acostumbra, sir Roger Scruton cuando advierte que «Todos condenamos el esnobismo, pero, por debajo de la reina, todos caemos en él, aunque sólo sea de alguna forma invertida». Por eso, nos interesa mucho dar con la interpretación correcta, derecha, y perfeccionadora. Entre la Escila del dandismo y la Caribdis del resentimiento, Scruton personifica el esnobismo de ley que propone, especialmente operativo en su cariño al padre socialista y a los abuelos de orígenes muy humildes. Es una muestra emocionante de aquel «amor rectificativo» que aconsejaba Álvaro d’Ors: «Profundizarás en la conciencia de pertenecer a una estirpe que tú mismo contribuyes a ennoblecer».

Virginia Woolf, por su parte, se reconocía snob en un gesto definitivo: cuando recibía varias cartas, colocaba encima del montón, si había tenido suerte, aquella que traía la coronita nobiliaria de algún corresponsal.  Cuánto se parece esto, por cierto, al tic de citar sin solución de continuidad a autores de prestigio, un name-dropping intelectual que, con rebuscada justicia poética, se practica con profusión en este artículo. O sea, que Wolf sabía de primera mano cómo era el paño, y lo demuestra en su definición: «El snob es una criatura de mentalidad revoloteante e inestable, tan escasamente satisfecha de su condición que, a fin de consolidarla, está siempre alardeando públicamente de títulos u honores, para que los otros crean, y le ayuden a creer, lo que él o ella realmente no cree: que es una persona importante».

Partiendo, pues, del mérito indudable de su inseguridad, hay que seguir avanzando con paso seguro. Nos jugamos más de lo que parece. Lo advierte Remí Brague en su excelente último libro, Manicomio de verdades (Encuentro, 2021): «Las sociedades aristocráticas pertenecen al pasado. Pero su visión de la vida debe guardarse como oro en paño si queremos evitar el terrible diagnóstico de Edmund Burke de que “las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán por la posteridad”».

El oro es la visión aristocrática de la vida, y el paño, un esnobismo que resiste. Lo gracioso (y muy serio) es que Brague pone como modelo el castillo de Blandings y el sentido de la familia que tiene Clarence, 9º conde de Emsworth. De modo que, para un asunto de importancia capital para el porvenir de Occidente, el gran intelectual francés se hace fuerte en el baluarte de P. G. Wodehouse y su obra de ficción, tan cómica y militantemente snob. Es difícil no admirar la intrépida perspicacia de Brague. [Si quieren un compendio, escuchen, precisamente, su conferencia «God as a Gentleman», donde vuelve a citar como argumento de autoridad a Wodehouse.] Brague se da cuenta de que lo importante no es aspirar a una patentada aristocracia con todos los papeles, digamos, sino estar a la altura de un ideal ennoblecedor, irónico con uno mismo, bondadoso con el resto, novelesco con todos. Al final, resulta que don Quijote sí resucitó el espíritu de la caballería andante. Ya lo vio venir Gilbert K. Chesterton, tan desdeñoso de la pinturera aristocracia inglesa (ese pecado venial, decía), pero tan quijotesco como para titular su primer libro de poemas El fiero caballero (1900) y para titular una novela de tesis como El retorno de don Quijote (1926).

Tras sus ejemplares vacilaciones, la última hazaña del snob es negarse a sí mismo, como hizo al final don Quijote mejor que nadie. Y ésta es la razón que tienen los amigos críticos. El snob acierta muchísimo al dudar de sí mismo, sí; pero no acierta en absoluto al hacerlo de su dignidad. Olvida, distraído por el brillo de las metáforas y las analogías, la nobleza inherente e insuperable que radica en la naturaleza humana, como explicó nada menos que Boecio: «Si primordia vestra autoremque Deum spectes, nullus degener existat».

El esnobismo es una de las pruebas más palpables y, por tanto, más paradójicas, de la nobleza universal. ¿O es que acaso no le encaja como un guante el «principio del príncipe destronado» de Blaise Pascal? Se pregunta el agudo pensador: «¿Quién se considera infeliz por no ser rey excepto aquel que ha sido desposeído?» Cambien «rey» por «noble»; y ahí tienen retratada la encrucijada del snob. Lo explica Pascal con un plástico ejemplo: «¿Quién se considería infeliz por tener una sola boca, y quién no por tener un solo ojo? Es probable que nadie se haya angustiado jamás por no tener tres ojos, mas no hay consuelo para quien no tiene ninguno». La angustia del snob es la prueba del altísimo abolengo originario del linaje humano, por eso el snob remonta a la inversa la escala de Chateaubriand hasta terminar negando el esnobismo. No hay ser humano sin nobleza, aunque luego haya que ejercerla, que no es lo mismo que aparentarla, pero por algo se empieza.

POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ 19 marzo 2021

via https://revistacentinela.es/esnobismo-obliga/


jueves, 11 de marzo de 2021

George Grosz


 

El triunfo de la moral utilitarista

¿Qué ha cambiado para siempre?

Me preguntaron en Política Exterior qué había cambiado con la pandemia para siempre. Esta fue mi respuesta:

El escritor francés Armand Gatti hizo un viaje a Pekín, junto a un grupo de intelectuales europeos maoístas, a finales de los años sesenta del siglo pasado. Todos fueron recibidos por el Gran Timonel, Mao Zedong, que les autorizó a hacerle preguntas. Gatti se interesó por el futuro. ¿Cómo veía el gran líder el porvenir? Mao metió su mano en un bolsillo, sacó una carpeta, buscó una hoja en blanco, la arrancó y se la entregó.

Quizás Mao estaba queriendo decir a Gatti lo que Napoleón le dijo a Goethe en Erfurt: “¿Para qué queremos ahora el destino? ¡La política es nuestro destino!”.

Pero resulta que no. La política puede creerse soberana mientras la naturaleza permanece dormida, pero cuando a esta le da por sublevarse, es ella la que decreta los estados de excepción. La naturaleza nos dice su verdad inapelable con frecuencia, pero, por naturaleza, la política tiene los oídos taponados de ideología. El insigne Herr Professor Gottlieb Erlöser Panaceo nos lo advirtió en su obra Del cuádruple principio de la insuficiencia de la razón.

Con lo difícil que es adivinar el pasado (como bien saben los historiadores) y nos ponemos a adivinar el futuro. Hay, sin embargo, una razón poderosa para ello: los hombres somos seres futurizadores. Por eso jugamos a predecir las consecuencias de hechos cuya llegada fuimos incapaces de imaginar, como la pandemia de la Covid. En mi humilde opinión, estos tiempos de pandemia nos han dejado dos enseñanzas claras.

La primera es que la moral kantiana está bien para los tiempos en los que la naturaleza calla, pero cuando grita, descubrimos que el principio categórico que nos exige tratar a todo hombre como un fin y no como un medio está por encima de nuestras posibilidades. Así que recurrimos a la moral de urgencia del utilitarismo. Es lo que hemos hecho sin debate, como si no quisiéramos enfrentarnos al hecho de que la moral utilitarista es una moral sacrificial: nos dice a quien hay que sacrificar sin crearnos problemas de conciencia. ¿Recuerdan lo ocurrido en la primera ola con los ancianos?

La segunda enseñanza es el olvido inmediato de la primera.

Volvamos a Gatti. Durante meses, conservó aquella hoja en blanco como una reliquia dialéctica entre las páginas de un libro. Un día sus hijos sacaron el libro de la estantería, encontraron la hoja y la llenaron de garabatos indescifrables.

Gregorio Luri

https://www.politicaexterior.com/agenda-exterior-pandemia-y-cambio/


lunes, 1 de marzo de 2021

Josep Pla, sobre Cataluña

“En este país. No ha habido nunca humor (…). Ha habido ironía y sarcasmo”.  


“Nuestro pueblo, que no conoce, socialmente hablando, ni la ironía ni el humorismo -estas posiciones superiores del espíritu humano-, necesita una especie de voluptuosa casuística moral que sirva no para mejorar el país, sino para identificar a traidores”. 

“Nuestro pueblo tiene una tendencia a destruir a los que lo sirven de una manera normal y a dotar de una aureola a quienes lo engañan de manera brillante”. 

“En este país hay una manera cómoda de llevar una vida suave, tranquila y regalada: consiste en afiliarse al extremismo razonado y en lavarse las manos ante todo”. 

“El pueblo catalán sólo conoce de la política los grandes programas cegadores y brillantes hasta el empalago (…) y los estados de melancolía mórbida y agradable de la masa que siente el gusto secreto de sentirse pisoteada y vejada. El sentido de la verdadera política, el sentido de negociación constructivo, tenaz, responsable y prudente (…) era y es hoy una novedad tal y de un sentido tan progresivo que no es extraño que los vicios y defectos seculares del país se hayan conjurado espontáneamente contra el establecimiento de este método.” 

“La peor plaga que puede caer en un país es la del extremista furioso y puro como un lirio que no le importa esperar dos o tres siglos para implantar el extremismo que predica”. 

“… la incapacidad absoluta de una gran masa de la opinión catalana para entender la política tal como se entiende en cualquier parte”.

“Los catalanes se volvían a dividir entre puros e impuros, en engañados y traidores. Los impuros y traidores son los que han osado hacer alguna cosa por el país, y los otros son los que no osarían hacer nada porque sobre el papel todo lo tienen resuelto y atado”. 

“La poesía del catalán, incluso la poesía popular del catalán, es la política. Cuando habla de política, el catalán sabe raramente qué quiere; se coloca en un terreno de actuación imposible, sólo siente alegría con los ideales remotísimos y -naturalmente- se fatiga en cuanto hay que hacer un esfuerzo de continuidad, de tenacidad, de insidia.  

“¿Cuál es el catalán que no ha resuelto in mente o en la tertulia del café todos nuestros problemas? Vivimos en el país de las soluciones, y sólo hace falta plantear un problema para que lluevan de todas partes como pan bendito”. 

“A la más pequeña contrariedad surge el desencanto, se inicia el estado de histeria y los nervios hacen las cosas imposibles. Entonces nos contraemos en nosotros mismos y dejamos volar la fantasía sobre los programas que teóricamente lo han resuelto todo”. 

“Se puede observar persistentemente, la existencia en nuestro país de una corriente que tiende a confundir la filosofía con la política, la realidad con la abstracción que se desea. La filosofía no compromete nunca, permite, con su amable vaguedad, seguir las ondas instintivas de la gente, de actuar según uno de los axiomas más funestos de todos los que circulan por aquí: el axioma de que el pueblo no se equivoca nunca”. 

“Cataluña es, desde hace muchos años, un país de apasionada lucha social poblado de espíritus que vibran en presencia de las formas más inciertas y flotantes del mito y de la utopía”.

Josep Pla, "Cambó" (1928-1930).

 

domingo, 28 de febrero de 2021

Bullshit i testosterona

Que qui vigila el vigilant, preguntes mentre llences una ampolla de vidre contra el cordó policial. Doncs tu, fill meu. Tu. Però tu ets qui has decidit omplir les institucions d’irresponsables i el carrer de piròmans, en la que seria, si ho fos, l’acció més ben coordinada en molts i molts anys per assegurar l’autodestrucció del país.

Hem premiat uns polítics que porten anys dient i prometent que fins que tinguin tot el poder que els donaria la independència no pensen assumir cap de les petites responsabilitats que els ofereix l’autonomia. I això, que bé podia portar cap al totalitarisme, ha quedat en la mera però absoluta irresponsabilitat política.

No és sorprenent que es facin els sorpresos, els incapaços d’entendre que les revolucions no es fan a la seva pressumpta manera sinó al carrer, amb bullshit i testosterona. Tampoc és sorprenent que els entusiasmi descobrir en els joves que protesten la mateixa retòrica buida que omple els seus discursos oficials. Es comporten com a pares comprensius i orgullosos i tenen bones raons per fer-ho, perquè veuen en els joves la continuació de la seva hipocresia per altres mitjans.

El bullshit del revolucionari al carrer encaixa perfectament amb el discurs dels seus pares i mestres i líders mediàtics. I és aquí, en la normalitat del discurs públic i no en l’excepcionalitat dels aldarulls i la violència al carrer, on es mesura la qualitat de la democràcia. En les anàlisis tan sofisticades i comprensives que fan de les causes de la revolució i el descontentament juvenil i que obliden, d’entrada, que l’acció humana no té causes, només motius i excuses. I que qui pretén trobar les causes més profundes i complexes de les accions dels altres només exhibeix els seus prejudicis més arrelats. És per això, boomers, que per molt que hi hagi, perquè sempre n’hi ha, molts motius per protestar, no vol dir que els qui protesten ho facin pels vostres motius.

Aquesta comprensió és un paternalisme. I el mínim que es podria esperar d’uns joves revolucionaris com déu mana és que responguin a aquesta falta de respecte amb un ok boomer. Que quan els qui tan insisteixen en escoltar els joves els expliquen que protesten per la manca de futur i per l’atur juvenil i el règim del ’78 els contestin ok boomer. Perquè, ¿què més han de fer els joves, què més han de dir, perquè els prenguin seriosament com els revolucionaris que pretenen ser? Sort de la policia. Perquè la policia serà l’enemic, però l’enemic és sovint l’únic que ens pren seriosament. I sort, diguem-ho tot, que la revolució sempre pot trobar una realitat, per trista i per cutre que sigui (un Decathlon, una botigueta de fundes de mòbil o de menjars per emportar), contra la qual dirigir la seva ràbia adolescent.

Perquè la gràcia de ser jove, la gràcia de la revolució, és que els pares, els profes i els poders no els entenguin. El discurs paternalista, que no paternal, els roba fins i tot això. I els roba, per tant, la possibilitat d’aprendre a viure en un món que sovint no s’entén. Són la mare que llegeix el diari mentre el nen aprèn a anar en bici i crida mama mama mira què faig. I la òstia, inevitablement, se la fotrà el nen.

Els joves revolucionaris haurien de fugir de la comprensió d’intel·lectuals i polítics com a pitagòrics de les faves. Haurien de fugir de polítics tan compresius com Pedro Sánchez, tan i tan comprensiu que fins i tot entonava una versió molt pròpia, molt dolça i unplugged, de l’”apreteu i feu bé d’apretar”, hores abans d’apujar la quota d’autònoms i de fer, per tant, molt més difícil que els joves, tan ben entesos, tan mal tractats, puguin guanyar-se la vida pel seu compte. Aquests discursos tan comprensius són una falta de respecte als joves, un paternalisme hipòcrita i llefiscós que per una banda els elogia pel que fan malament mentre que per l’altra els fa molt més difícil poder fer les coses bé.

I els joves revolucionaris haurien de fugir de l’aplaudiment dels intel·lectuals a sou, dels vencedors de la penúltima revolució fracassada, que aplaudeixen des del despatx una nova i pretesa revolució que no és més que el preu que paguem els altres pel seu sou públic.

Aquests són els que ens diuen que hem d’escoltar els joves, però a qui estaria bé sentir de tant en tant és als adults. Als qui puguin recordar que aquest tiktok se l’ha inventat un boomer i que l’està pagant un pare, per entendre’ns. Els que quan senten que els hem robat el futur siguin capaços de respondre que el futur no era vostre i que aquí teniu tota una civilització muntada per fer-vos la vida una miqueta més fàcil del que l’han tingut tots els humans que us han precedit.

Perquè la revolució no es pot fer amb un intel·lectual que te la justifiqui, una televisió pública que te la publiciti i un ministeri que te la financi. Això no és serio. Les revolucions es fan amb bullshit i testosterona i amb una policia i un govern i un profe i un pare i uns quants boomers en contra.

https://www.eltribu.cat/bullshit-i-testosterona-de-ferran-caballero/

 

domingo, 14 de febrero de 2021

Nunca habrá paz


Nunca habrá paz                                                                                                                         

Aunque el clima benigno y claro
vuelva a sonreír en el condado de tu estima
y regresen sus colores, la tormenta te ha cambiado:
nunca olvidarás la oscuridad
que enturbia tu esperanza, el vendaval
que profetiza tu caída.

Tienes que vivir con tu conocimiento.
Detrás, más allá, fuera de ti, hay otros,
viviendo soledades sin luna que tú no conoces,
pero ellos sí te conocen a ti,
seres de género y de número desconocido:
y tú no les gustas.

¿Qué les has hecho?
¿Nada? Nada no es una respuesta:
llegarás a creer (¿cómo puedes evitarlo?)
que sí lo hiciste, que les hiciste algo;
te encontrarás deseando hacerles reír,
y anhelarás su amistad.

Nunca habrá paz.
Por lo tanto, pelea con todo tu coraje
y con todas las artimañas descorteses que conozcas,
y ten bien claro esto:
su causa, si la tenían, ya no les importa;
odian por odiar.

W. H. Auden (Londres, 1907- Viena, 1973), Parad los relojes y otros poemas, selección y traducción de Javier Calvo, Mondadori, Madrid, 1999

(Collected Poems, Faber and Faber, Londres, 1994)

domingo, 24 de enero de 2021


Los mayores enemigos de la meritocracia son las élites. Es fácil entender por qué: están llenas de inútiles y el que no es inútil tiene o proyecta tener hijos, hermanos, amigos que sí lo son.
TsevanRabtan dixit.

jueves, 21 de enero de 2021

La generación más engañada

 Benito Arruñada


17/01/2021 vozpopuli

El Gobierno ha promulgado una nueva Ley de Educación. Aumenta ésta las restricciones de los centros concertados, lo que contradice tanto la lógica económica, pues son menos costosos, como la opinión de los propios ciudadanos, que los prefieren masivamente a los públicos.

Es lo de menos. Lo peor es que, con el fin de esconder el abandono escolar, la Ley también opta por rebajar aún más los estándares de exigencia. Las consecuencias serán nefastas para los más humildes, sobre todo esos analfabetos funcionales a los que ahora regalaremos un título vacío de todo contenido. No obstante, se equivocan los padres de clase media si creen que esa menor exigencia no dañará la formación de sus hijos.

Cierto que los chicos de clase media son, en promedio, mejores estudiantes. Por algo se crían en un ambiente familiar más culto y cuentan con más recursos de todo tipo. Sobre todo, con la capacidad de sus familias para educarles, así como la gran ventaja de que sus padres pagan por buenos colegios públicos al comprar piso en los barrios caros de nuestras ciudades. Por eso es tan clasista el deterioro de la enseñanza al que nos condena el falso progresismo educativo: las familias humildes ni saben ni pueden combatirla. Sucede así sobre todo desde la LOGSE de 1990; pero no se dejen engañar: la tendencia se remonta, al menos, a la Ley General de Educación de 1970.

La menor exigencia para pasar de curso o aprobar se traslada enseguida entre colegios, y dentro de cada colegio y cada clase. Como lleva ocurriendo desde hace décadas, no serán los buenos estudiantes los que tiren de los malos hacia arriba, sino los malos los que arrastren a los buenos hacia abajo. Si al analfabeto se le aprueba y pasa de curso, al que aplica las cuatro reglas y escribe sin faltas de ortografía, se le considera un sabio. Si al que saca el bachiller de ciencias se le tiene poco menos que por un genio, el alumno excelente queda condenado a aprender muy por debajo de su potencial, y ello a pesar de que hace apenas veinte años hubiera sufrido para aprobar el COU, por no hablar del antiguo “Preu”.

La magia exculpatoria

Este derrumbe de los estándares de exigencia lleva a que muchos de los mejores estudiantes y sus padres se formen unas expectativas cada vez más infundadas acerca de la formación y la valía de los jóvenes. La realidad solo se impone si y cuando empiezan a trabajar, y ello en dura competencia con las excusas habituales que les proporciona la magia exculpatoria de designar a la generación más titulada como “la más preparada”.

Permítame ilustrarlo con una anécdota. Cada curso, en una de las mejores facultades de Economía y Administración de Empresas, de esas que presumen de dar muchas clases en inglés y de las altas “notas de corte” que alcanzan sus alumnos en la selectividad, un equipo de estudiantes de último curso elabora un proyecto de consultoría sobre desarrollo profesional. Tras familiarizarse con la literatura científica en el asunto, deben aplicar sus conocimientos para identificar deficiencias y definir pautas y metas de desarrollo personal para los jóvenes graduados de su propia promoción.

El objetivo es instarles a reflexionar sobre su carrera profesional. Sin embargo, año tras año, sin fallo alguno desde 2007, los estudiantes intentan esquivar esa demanda. Pretenden, en cambio, centrar el proyecto en cómo deben modificar las empresas sus puestos de trabajo para satisfacer las demandas de sus nuevos empleados. En el fondo, pretenden enseñar a sus futuros empleadores cómo deben adaptarse a las demandas de los propios jóvenes. Unas demandas que ellos consideran fijas o que, al menos, no están en principio dispuestos a alterar. Por el contrario, el encargo que reciben es muy claro, al considerar fijos los puestos de trabajo y pedir que analicen qué pasos deben dar ellos para adaptarse y tener éxito en su inminente vida laboral.

Algunos padres están orgullosos de que sus retoños exijan este cambio a las empresas, quizá porque es lo que ellos mismos han estado concediéndoles durante años. O quizá porque imaginan que en las empresas tales cambios son gratuitos, que es posible o incluso fácil diseñar trabajos más cómodos o menos exigentes produciendo y cobrando lo mismo. No es cierto. Nada es gratis, y, además, quien mejor sabe cómo hacer productiva una actividad no son ni los jóvenes ni ese especial tipo de padres.

Aun así, podría pensarse que ambas perspectivas son igual de válidas, y que simplemente se requiere una adecuación, ya sea de la oferta de los jóvenes o de la demanda de las empresas. Si ahí radicase todo el problema, el ajuste sería sencillo; si los jóvenes en verdad prefieren puestos menos exigentes, las empresas pueden adaptarse fácilmente pagándoles un salario inferior, acorde con la menor productividad derivada de esa menor exigencia. Pueden también mover sus actividades fuera del país o importar titulados de otros países. De hecho, es esto último lo que empezaron a hacer las firmas auditoras cuando, en medio de la burbuja de crecimiento económico que vivimos en la primera década del siglo, sus empleos eran despreciados por los graduados nativos.

Por tanto, debemos preguntarnos si es o no cierto que los nuevos titulados prefieren puestos de trabajo de baja exigencia a cambio de un salario menor. La explicación optimista es la de que han cambiado las preferencias de los jóvenes, y que simplemente desean trabajar menos y conciliar más la profesión con una vida personal de mayor calidad. Era este un argumento muy socorrido durante la burbuja. Se decía entonces que los jóvenes se estaban adaptando racionalmente a una situación económica que les era muy favorable, así como al bienestar económico general y a la mayor riqueza de sus familias.

Ciertamente, caben pocas dudas de que el bienestar modifica las actitudes y valores hacia el trabajo. Sin embargo, las crisis posteriores han venido a desmentir esa explicación optimista porque, si bien, primero, la crisis de 2008, y, ahora, la crisis de la pandemia nos han hecho mucho más pobres, las actitudes hacia el trabajo siguen siendo muy parecidas. Aunque a otro nivel o con manifestaciones distintas, seguimos observando similares desajustes a los anteriores a la primera crisis.

Adaptación a la realidad

Por ello, me inclino a pensar que, más bien, lo que quieren nuestros jóvenes más titulados es un trabajo llevadero pero con buen sueldo. Muchos de ellos son víctimas de un espejismo que los lleva a tener unas expectativas muy infladas de su propia cualificación y productividad. Sospecho que la adaptación de estos jóvenes a la realidad es incompleta, que sus decisiones no están bien informadas y que no son, por tanto, plenamente conscientes de las consecuencias que esas decisiones entrañan. Temo, en especial, que muchos de ellos sobrevaloran su valía y su potencial de ingresos, a la vez que infravaloran el coste de satisfacer sus necesidades, tanto actuales como futuras.

Me reafirman en esta creencia los resultados que obtiene, en esa misma facultad y asignatura, otro equipo de estudiantes que recibe el encargo de estimar qué ingresos necesitan lograr los jóvenes graduados para financiar el nivel de vida que esperan disfrutar. Es notable que, en cuanto se paran a pensarlo, saben bastante bien lo que quieren: cuántos hijos quieren tener y en qué colegios desean educarles, en qué barrio y en qué vivienda quieren vivir, qué coches aspiran a conducir y dónde quieren pasar las vacaciones, etcétera. Su desconocimiento es, sin embargo, total en cuanto a los precios; y su sorpresa mayúscula cuando atisban que, incluso tras varios años de experiencia laboral, los ingresos medios de un profesional solo alcanzan para cubrir entre un tercio y la mitad de los costes de su nivel esperado de vida.

Tengo la impresión de que estos jóvenes han sido doblemente engañados, en su casa y en la escuela. En casa, les han educado en una lógica de consumo que va mucho más allá del mero consumismo de mercancías. La consecuencia más grave de que los padres contemplen a sus hijos como bienes de consumo (recuerden el inmoral dicho de “yo quiero disfrutar de mi hijo”) es que su prioridad resida más en hacer que el hijo se sienta feliz —cuidándose para ello de eliminar de su camino todos los obstáculos (como los “padres quitanieves” de Estados Unidos) y de que sufran las mínimas frustraciones— que en lograr su desarrollo personal como adulto capaz e independiente. Muchos jóvenes acaban así aspirando a consumir puestos de trabajo; pero no a cambio de precio, sino en el régimen de “gratis total” que han venido disfrutando.

Los empollones del doble grado

Por otro lado, en la escuela, el instituto y la universidad hemos valorado su rendimiento con estándares muy relajados, premiándoles de forma exagerada por rendimientos mediocres (de nuevo, el fenómeno no es exclusivo de España: también en Estados Unidos preocupa la inflación de “trofeos” infantiles). De ahí que este problema de expectativas infundadas afecte más a los jóvenes con más años de estudios y que, entre ellos, afecte aún más a los que parecen ser “mejores” estudiantes, aquellos que nunca han recibido una señal negativa, pese a que en otro sistema más exigente hubieran recibido muchas. Los empollones de los dobles grados son quizá el caso más grave, debido al tipo de docencia que se administran, consistente en digerir una dosis doble de “apuntes”. Son los mismos que se derrumban incrédulos cuando su primer jefe les señala los defectos de su primera tarea profesional, defectos que todos sus profesores han omitido corregir.

Curiosamente, se da así el caso de que en nuestro desquiciado sistema de enseñanza los estudiantes que reciben una información más veraz de su (ciertamente escasa) formación quizá sean los que abandonan los estudios. Esos que nuestra flamante Ley de Educación pretende ahora engañar con el simple expediente de pasarles de curso y regalarles un título falaz e inútil. Dejarán así de ser una excepción.

En las próximas semanas intentaré explicar quién ha engañado a los jóvenes y qué pueden y podemos hacer para revertir esa penosa situación.

https://www.vozpopuli.com/opinion/pandemia-jovenes-universidad-educacion_0_1429057560.html


Qué pueden hacer los jóvenes

El joven español con ganas de prosperar ha de ser consciente no sólo de la pobre formación que recibe, produce y acumula sino de las limitaciones de su voluntad en semejante entorno de relajación inducida.

Continuación...

La semana pasada terminé una tribuna sobre la educación en España prometiendo explicar qué podemos hacer para revertir la penosa situación que atraviesan los jóvenes

Para empezar, procedería discutir las causas de que hayamos llegado a esta situación. Las recomendaciones sólo pueden ser fiables si se asientan en un diagnóstico sólido; pero ni hay paciencia para diagnósticos ni demasiada confianza en que fueran eficaces. Por ello, más que intentar descubrir las causas directamente, intentaré ponerlas de relieve de forma indirecta, mediante el examen de qué medidas podemos aplicar los diversos agentes implicados y, sobre todo, qué resistencias encontraríamos por el camino. Confío en que esas resistencias nos ayuden a desvelar las causas, identificar culpables y entender por dónde podría quizá ir la solución.

Empezaré hoy con los protagonistas de la educación: los propios jóvenes, que son no sólo los clientes del proceso educativo, como supone erróneamente la falsa pedagogía imperante, sino también su materia prima y su principal fuerza de trabajo.

La respuesta parece sencilla: en la medida en que el fallo central de la educación sea una baja exigencia, el remedio ha de pasar por elevarla. Ciertamente, semejante solución puede ser engañosa por, al menos, dos motivos. Por un lado, el diagnóstico puede ser erróneo, por no existir tal caída de estándares de exigencia o porque, aun existiendo, la menor exigencia no representa un papel tan importante en la crisis educativa. En segundo lugar y es un riesgo bastante más probable, porque esa caída de la exigencia no es una variable que la mayoría de los interesados en la educación, incluyendo padres y profesores, estemos en buenas condiciones de manejar individualmente.

Regalar buenas notas

Es éste el caso, es especial y sobre todo, de los propios jóvenes, a quienes exige establecer una lucha con su propia naturaleza para autoimponerse elevados niveles de exigencia personal; y se lo exige cuando la exigencia externa es reducida y, por tanto, al menos a los buenos estudiantes se les dice que están cumpliendo más que satisfactoriamente. ¿Qué incentivos tiene un estudiante para estudiar más o mejor si su instituto y su universidad le regalan buenas notas con una preparación mediocre, a menudo basada en memorizar “apuntes”, y le suelen escamotear su rendimiento relativo incluso dentro del propio centro? A menos que sus padres sean muy conscientes de la situación (adivinen quiénes llevan ventaja en esa tarea: cierto, los profesores), ¿no tenderá, más bien, a interpretar esas buenas notas como señal de que su formación ya es excelente?

Por este motivo, el joven de España con ganas de prosperar ha de ser consciente no sólo de la pobre formación que recibe, produce y acumula sino de las limitaciones de su voluntad en semejante entorno de relajación inducida. En consecuencia, habrá de imitar a Ulises cuando ordenó a sus hombres que le atasen al mástil para resistir el canto de las sirenas. Sus decisiones deben dar prioridad a estudiar y trabajar en entornos de alta exigencia, aunque ello suponga sacrificios en términos de su especialización o de sus preferencias subjetivas de aprendizaje o empleo. Unas preferencias éstas que, en todo caso, suelen estar mal informadas y ser efímeras: no sólo están desfiguradas por la última ficción televisiva y el gozar de una abundancia de recursos a menudo igual de ficticia, sino que las posibilidades de “realización” personal varían más entre profesionales que entre profesiones.

En el orden cronológico más habitual, esa estrategia de compromiso con la exigencia implica decisiones como: (1) matricularse en el colegio e instituto más duro, aunque estén lejos del domicilio familiar o haya de irse a vivir con los abuelos; (2) cursar el Bachillerato de Ciencias, aunque esté pensando en estudiar carreras plagadas de “marías”, como suelen ser todas las de Letras y Sociales; (3) elegir una carrera y una universidad relativamente difíciles, aunque las preferidas o las más cómodas hubieran sido más fáciles o estén ubicadas cerca del domicilio familiar (con dolorosa claridad: no estudiar ADE o Económicas si la selectividad le da para Matemáticas o para una Ingeniería de las pocas que ya quedan de verdad difíciles); (4) desde uno o dos años antes de terminar la carrera, identificar y tener en mente como objetivo para cuando se gradúe puestos de trabajo exigentes y con retribución diferida (aquellos que durante los primeros años van a pagarle más en formación que en dinero); y, posteriormente, (5) complementar la especialización y formación que le proporcione ese primer empleo con un posgrado necesariamente de nivel internacional.

Asimismo, aquel joven cuyas decisiones previas le hayan dejado atrapado en carreras y universidades poco exigentes (por desgracia, la inmensa mayoría), debería ignorar toda norma social de no competencia y prestar atención sólo a su rendimiento relativo, aspirando a que no sea inferior del top 5%, pero haciéndolo compatible con un empleo productivo de su abundante tiempo libre. Para ello, debería emprender actividades que le supongan un desafío complementario y “subsanador” de las debilidades que haya exhibido hasta ahora, desde el deporte duro y bien hecho hasta ejercer bien como delegado de curso, jugar en serio a la política, organizar sociedades de debate, dar clases particulares, aprender idiomas, o, lo mejor, trabajar; por ejemplo, como reponedor en Mercadona. Lo esencial es respetar los dos requisitos de que sean exigentes y complementarios en el desarrollo de su personalidad, evitando tanto el eco depresivo de las redes sociales (puro cotilleo que debe aprender a controlar) como el reconfortante “empolle” de apuntes al que acaba siendo adicto mucho buen estudiante, sólo para mejorar inútil y marginalmente sus calificaciones.

Un empleo de verdad

Por supuesto que la opción más recomendable para aquellos con verdadera fuerza de voluntad es la de estudiar a fondo algunas de las materias por las que sientan especial predilección. En teoría, la mejor manera en que debería poder educarse un estudiante universitario es estudiando más y mejor. Sin embargo, para aquellos con una capacidad normal de autocontrol, es imprescindible que estructuren su actividad de modo que la exigencia sea exógena. En la realidad que viven la mayoría de los jóvenes y de las carreras, cualquier empleo de verdad (que no siempre, ojo, las prácticas subvencionadas y menos aún los erasmus turísticos) proporciona un complemento formativo de mayor valor.

Es revelador de las causas que la principal dificultad con que se enfrenta esta estrategia de buscar la exigencia exógena es la escasa oferta de centros de enseñanza exigentes, a todos los niveles y ya sean públicos o privados. Para centros públicos y concertados, podríamos echar la culpa al torpe y trasnochado sectarismo de quienes han promulgado la legislación educativa y, aun más, de sus inspiradores intelectuales. Ambos tienen sin duda gran parte de la responsabilidad. Pero, amén de que cuentan con el respaldo de sus votantes, la caída que han experimentado los centros y universidades privados, y el que dicha caída —aunque quizá menor— se observe también en otros países occidentales, apuntan a causas más profundas. ¿De dónde vienen esas normas sociales de bajo esfuerzo que imperan en nuestra sociedad occidental y que sustentan el apoyo de esa pedagogía lúdica en la que nos hemos instalado? ¿Qué podemos hacer para reconducirlas? De momento, jóvenes, denlas por supuesto e intenten prosperar en su seno; pero no se engañen. Sepan que no sólo van a enfrentarse con competidores productivos, sino también extractivos. El propio futuro de Occidente quizá dependa de esa batalla.

 

 

https://www.vozpopuli.com/opinion/jovenes-educacion-universidad_0_1431157300.html

 

 

Viva México

 


domingo, 13 de diciembre de 2020

 


El requisito de Wittgenstein de que no debemos dejarnos seducir por el lenguaje es comprensible en el contexto de la rica segunda fase de su filosofía, cuyo objetivo podemos encontrar resumido para él en su placa de bronce en la capilla del Trinity College de Cambridge: 'Rationem ex vinculis orationis vindicandam esse. (La razón debe liberarse de las cadenas del habla).

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA

 —Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.


CAPÍTULO V
Donde se prosigue la narración de la desgracia
de nuestro caballero