domingo, 25 de junio de 2023


 



Veles e Vents

Ausiàs March, XLVI - Veles e vents

 Veles e vents han mos desigs complir

 faent camins dubtosos per la mar.
 Mestre i ponent contra d'ells veig armar:
 xaloc, llevant, los deuen subvenir,
 ab llurs amics lo grec e lo migjorn,
 fent humils precs al vent tremuntanal
 que en son bufar los sia parcial
 e que tots cinc complesquen mon retorn.

Bullirà el mar com la cassola en forn,
mudant color e l'estat natural,
e mostrarà voler tota res mal
que sobre si atur un punt al jorn.
Grans e pocs peixs a recors correran
e cercaran amagatalls secrets:
fugint al mar on són nodrits e fets,
per gran remei en terra eixiran.

Los pelegrins tots ensems votaran
e prometran molts dons de cera fets:
la gran paor traurà al llum los secrets
que al confés descuberts no seran.
E en lo perill no em caureu de l'esment,
ans votaré al Déu qui ens ha lligats
de no minvar mes fermes voluntats
e que tots temps me sereu de present.

Jo tem la mort per no ser-vos absent,
per què amor, per mort, és anul·lats,
mas jo no creu que mon voler sobrats
pusca esser per tal departiment.
Jo só gelós de vostre escàs voler
que, jo morint, no meta mi en oblit.
Sols est pensar me tol del món delit,
car, nós vivint, no creu se pusca fer:

aprés ma mort, d'amar perdau poder
e sia tots en ira convertit.
E jo, forçat d'aquest món ser eixit,
tot lo meu mal serà vós no veer.
Oh Déu, ¿per què terme no hi ha en amor,
car prop d'aquell jo em trobara tot sol?
Vostre voler sabera quant me vol,
tement, fiant, de tot l'avenidor!

Jo son aquell pus extrem amador
aprés d'aquell a qui Déu vida tol:
puix jo son viu, mon cor no mostra dol
tant com la mort, per sa extrema dolor.
A bé o mal d'amor jo só dispost,
mas, per mon fat, fortuna cas no em porta:
tot esvetlat, ab desbarrada porta,
me trobarà faent humil respost.

Jo desig ço que em porà ser gran cost
i aquest esper de molts mals m'aconhorta;
a mi no em plau ma vida ser estorta
d'un cas molt fer, qual prec Déu sia tost.
Lladoncs, les gents, no els calrà donar fe
al que amor fora mi obrarà:
lo seu poder en acte es mostrarà
e los meus dits ab los fets provaré.

Amor, de vós, jo en sent més que no en sé,
de què la part pijor me'n romandrà,
e de vós sap lo qui sens vós està:
a joc de daus vos acompararé.

El text correspon a l'edició de Joan Ferraté. Les poesies d'Ausiàs March. Introducció i text revisat per Joan Ferraté. Quaderns Crema. Barcelona, 1979.

viernes, 2 de junio de 2023

Ay, que te tengo abandonado

    Miraré de ahora en adelante de retomar el blog ya mucho tiempo abandonado.

Para reanudarlo cuelgo las últimas lecturas. Sirvan de sugerencias.

 

 








LA COLUMNA DE PAJA

Según se comenta estos días, al parecer ya se están escribiendo columnas con inteligencia artificial que nadie es capaz de detectar. Cabe preguntarse si el mérito es solo del algoritmo o también ha contribuido a ello la claudicación de nuestras capacidades imaginativas. Cada vez que la humanidad conoce una mutación técnica se producen inesperadas transformaciones epistemológicas. Con el mito del dios Theuth, expuesto por Sócrates en el Fedro, Platón dramatizó las consecuencias que la escritura había tenido para la memoria. El rey egipcio Thamus enfrió el entusiasmo de la divinidad por su invento replicando que a partir de entonces los hombres perderían la soberanía de su inteligencia, que ya no sería interior sino que dependería de un signo externo que alienaría para siempre su conocimiento. Thamus y Theuth, la ley y el culto, han quedado desde entonces como la representación metafórica de las tensiones entre la invención de nuevos artificios y la necesaria vigilancia sobre sus efectos. 

Si ya no somos capaces de distinguir una columna artificial de otra humana tal vez sea porque tanto nuestra percepción como nuestro razonamiento se están volviendo mecánicos. Estamos cada vez más rodeados de dispositivos que cumplen funciones de la conciencia. La facultad del gusto, por ejemplo, se puede decir que ya está por completo hipertrofiada, algo que puede tener consecuencias imprevisibles para el acto moral de la elección y la decisión. El miedo a pensar solo será uno de los problemas humanos de este siglo. De un tiempo a esta parte, se observa en el periodismo y en la literatura una tendencia a justificar y paliar las propias opiniones o a extremarlas burdamente para causar el efecto contrario. La dóxa artificial empezó a desplegar su poder mucho antes de que se conociera el ChatGPT, que no es sino la consecuencia de todo ello. Después de haber destruido la atención y la concentración, solo quedaba un paso para domesticar la imaginación y ponerla al servicio de la tecnología. El malogrado Bernard Stiegler, el filósofo que en nuestra época más reflexionó sobre el mito platónico de la escritura como fármakon, habló de la proletarización y homogeneización cultural causadas por una especie de sincronización perceptiva y afectiva y por tanto cognitiva.

En el siglo pasado, Sergiu Celibidache, el gran director de orquesta rumano, se negó con una terquedad suicida a grabar discos porque a su juicio el micrófono destruía buena parte de la experiencia musical y añadía otra de su propia cosecha. Cuando hoy en día se leen o se escuchan comentarios sobre los registros que –afortunadamente, todo hay que decirlo– nos han quedado de sus conciertos, algunos sedicentes expertos juzgan sus versiones «demasiado lentas» o «autoindulgentes». Celibidache solía decir a sus alumnos que la lentitud es la única manera de que el oído perciba todas las coloraciones de la masa sonora, pero que eso solo era efectivo en vivo. Al grabarse, la riqueza se perdía y se convertía en algo «demasiado lento». De ello también se deriva que el oído se haya acostumbrado a reconocer como «bueno» o «adecuado» algo que sólo lo es desde el punto de vista mecánico, en un ámbito que ya nada tiene que ver con la vida. En consecuencia, buena parte de la música de nuestros días se hace para ser enlatada porque ya no somos capaces de distinguir entre el sonido vivo y el artificial. 

Ocurre lo mismo con la opinión pública. Cada cabecera genera sus corrientes, sus dogmas, sus tópicos e incluso su estilo, hasta el punto de que uno podría escribir artículos a la manera de tal o cual periódico o según los intereses de este o aquel partido. La prueba está en que cuando un determinado columnista se sale de la línea oficial que se espera encontrar en ese medio, indefectiblemente recibe insultos automáticos por parte de los lectores, muchos de los cuales ya no leen para contrastar sus propias convicciones sobre tal o cual asunto sino solo para confirmar sus filias y sus fobias. En lo que constituye otra consecuencia de la  mecanización, hay una especie de ansiedad por parte del consumidor de noticias que exige que todos los días el mercado digital le provea de argumentos, pruebas y razones que sostengan su particular asco de vivir, que en el fondo no está hecho sino de una intoxicación de titulares generados por esa automatización inducida. Uno busca lo que quiere oír y al final su teléfono se convierte en el basurero del que se alimenta y que nutre su pensamiento sobre la actualidad.

El algoritmo, por tanto, opera sobre un terreno abonado, puesto que tanto el columnista como el lector ya han automatizado su pensamiento y solo esperan una confirmación de sus opiniones por parte del texto. Discutir se está volviendo cada vez más difícil porque el razonamiento está preso de reacciones primarias, cuando la reflexión es siempre secundaria y problemática. ¿Por qué los hombres luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad? ¿Por qué es tan difícil soportar la libertad? Son preguntas que se hacía Spinoza en 1665 y que, a la luz de todo esto, adquieren una especial vibración. El filósofo luchó para que el juicio se emancipara en su época del dogma teológico y pagó su osadía con una soledad que hoy vuelve a ser emocionante y ejemplar, por no decir necesaria.  Que la inteligencia artificial escriba columnas sin que nosotros seamos capaces de notar la diferencia no solo es un mérito del artilugio sino también un síntoma del estado en el que se encuentra nuestro propio intelecto. El algoritmo no ha hecho más que recoger el cadáver, ponerle unos hilos y manejarlo a su antojo. Viene a la memoria aquel cuadro temprano de Goya, El pelele, en realidad un cartón para tapiz, en el que se ve a unas jóvenes manteando a un muñeco de paja. La alegría de la escena contrasta con la expresión siniestra del pelele, que parece estar anunciando algo distinto a lo que imaginan las doncellas en ese rito festivo con el que probablemente se despedían de su virginidad.

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2023-05-07/columna-paja-inteligencia-artificial/

Editor, traductor, profesor, poeta y ensayista.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Francisco de Aldana

 El ímpetu cruel de mi destino

¡cómo me arroja miserablemente

de tierra en tierra, de una en otra gente,

cerrando a mi quietud siempre el camino!


¡Oh!, si tanto mal grave y contino,

roto su velo mísero y doliente,

el alma con un vuelo diligente

volviese a la región de donde vino,


iríame por el cielo en compañía

del alma de un caro y dulce amigo,

con quien hice común acá mi suerte.


¿Qué gran montón de cosas le diría,

cuáles y cuántas, sin temer castigo

de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

domingo, 19 de diciembre de 2021

Lenguaje e identidad

 

 

Andreu Jaume

Editor, traductor, profesor, poeta y ensayista.

Cuando se habla de la inmersión lingüística, suele olvidarse que, más allá de la discusión en torno a las cuotas de una y otra lengua y el respeto a la legalidad, la operación ideológica en marcha ha terminado por menoscabar aquello que pretendía proteger. El proceso de la llamada normalización fue convirtiéndose, a partir sobre todo de la ley de política lingüística de 1998, en un instrumento de propaganda. El catalán o el castellano, en sí mismos, quedaron aparcados en el limbo del lenguaje, ese extraño concepto al que nadie parece atender porque nunca fue rentable. Tratar de apropiarse de una lengua para convertirla en un rasgo de identidad suele crear aberraciones morales como la que representa Laura Borràs en el Parlament de Cataluña. Pero también propicia estupideces colosales como la que pronunció Pablo Casado el pasado verano en Mallorca cuando, en el calor de un mitin, les recordó a los habitantes del archipiélago la adscripción territorial de sus hablas, gritando: «que no habláis catalán, que habláis mallorquín, menorquín e ibicenco». Le faltó añadir, como hacía José Ramón Bauzá, aquel inane presidente autonómico balear, «formenterense». 

En un artículo escrito en fecha tan temprana como 1983 y titulado «¡Situación límite: ultraje a la paella!», Sánchez Ferlosio ya nos advirtió que «con esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales, la inteligencia de los españoles va degradándose a ojos vista y se la ve ya acercarse peligrosamente a los mismos umbrales de la oligofrenia». Por supuesto, hace ya mucho tiempo que vivimos plenamente inmersos y normalizados en esa oligofrenia irreversible. El episodio de Canet de Mar ha evidenciado una vez más el clima mental que ha conseguido imponer el nacionalismo en Cataluña, con la aquiescencia –hay que recordarlo una y otra vez– de todo el espectro político. El otro día, Pablo Iglesias decía en TV3, sabiendo que allí sería amado y aplaudido por esas palabras, que estar en contra de la política lingüística de la Generalitat era propio de «ultras». Y ese es, precisamente, el gran triunfo de la inmersión. Al nacionalismo nunca le ha importado tanto el catalán como la identidad agonística que ha querido inocularle a la lengua. Las ultracorrecciones impuestas por los comisarios lingüísticos para distanciar todo lo posible el catalán del castellano son un ejemplo de ello. Esas normas no estaban destinadas a proteger una lengua sino a viciarla y alienarla, convirtiéndola en una frontera, en una maternidad capaz de desengendrar. Como decía el viejo Martín de Riquer: «El catalán es una lengua muy peculiar. Se pronuncia algu y se escribe quelcom». ¡El sentido del humor, ay, es otra de las cosas que ha destruido el independentismo!

La peste de las peculiaridades distintivas de la que hablaba Ferlosio hace cuarenta años se ha extendido ya por todo el país e incluso gobierna la nación, merced a los pactos de investidura de Pedro Sánchez. El pasado mes de septiembre, la senadora Pilar González, de Adelante Andalucía, defendió una ortografía propia para el andaluz. A su juicio, el «andalûh», como escribe ella el nombre de su lengua, con circunflejo diferencial incluido, «no es inferior al resto de lenguas del Estado». Y es que de eso se trata, sobre todo, de no ser inferior y tener una identidad lingüística nacional. En la tan  ansiada República Federal Oligofrénica tanto monta el andalûh como el formenterense o el conillerense, el idioma secreto que hablan los cormoranes endogámicos de esa isla del archipiélago de Cabrera. 

Hace ya bastantes años, Agustín García Calvo, que había dedicado su vida al lenguaje, se despedía de los idiomas en uno de sus 37 adioses al mundo con estas palabras:

«Erais unas prostitutas, lengüecitas de Babel, agentes de prostitución, al contrario que la lengua: porque vosotros, idiomas, os dejáis comprar y vender, y ahí tenéis el negocio, por ejemplo, de ‘aprenda usted de una vez inglés’, y el negocio de hacerse culto, de adquirir un vocabulario de cultura, que mueve dinero, que es dinero; pero la lengua no es de nadie: es para cualquiera, la sola máquina gratuita; y eso era el gran peligro para el Señor de Patrias y Culturas. Y, mientras sois, idiomas, cosas que uno maneja (o su Academia o sus capitostes nacionalistas), cosas de conciencia y de voluntad, en la lengua de verdad no manda nadie: mana de la sabiduría soterraña de lo olvidado. En ésa no habla uno: Se habla sencillamente».

El olvido de esa sabiduría de la que hablaba García Calvo es el origen de la actual barbarie lingüística en la que vivimos. No solo los territorios y las ideologías tratan de apropiarse de la lengua para convertirla en un efímero y ridículo idiolecto al servicio de su causa. También las nuevas identidades biológicas intentan corregir el magma del lenguaje para entretener la ilusión de que de pronto la palabra les pertenece a ellos, a su grupo, como si fuéramos nosotros los que hablamos una lengua y no, como es siempre el caso, el lenguaje el que nos habla. Cuando nacemos, somos arrastrados por las corrientes verbales que fluyen a nuestro alrededor sin que podamos decidir nada sobre su naturaleza. Al morir, las corrientes siguen su curso, engullendo las mínimas incisiones que le hicimos con nuestra torpe habla. Nuestra capacidad de incidir en la lengua es muy parecida a la pericia para construir presas o abrir canales. Son pequeñas intervenciones que en realidad nada pueden contra la masa del océano. Como decía en un poema maravilloso Robert Graves, hablando de la danza de las palabras: To make them move, you should start from lightning / And not forecast the rythm: rely on chance. («Para hacer que se muevan, deberías empezar por el relámpago / y no predecir el ritmo: confía en el azar»). Como gran poeta que fue, Graves sabía que el lenguaje es una tormenta y nosotros simples bestias verbales bajo su inclemencia. Es lo mismo que ya había sentenciado Heráclito, a quien tan bien tradujo y glosó García Calvo, en el segundo de sus fragmentos: «Por eso hay que seguir a lo común, pero aunque el lógos es común (koinós), la mayoría vive como si tuviera un entendimiento (phrónesin) propio (idion)».

 

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2021-12-19/lenguaje-e-identidad/

martes, 30 de noviembre de 2021

Latín y mentiras

 NO conviene, como solemos, confundir la educación con la enseñanza.

En la vieja Roma, decían de un mocito que estaba bene educatus si su familia había sido capaz de inculcarle buenos hábitos de conducta y modales adecuados. Si, además, su nivel de instrucción era el fruto de una enseñanza exigente, se la consideraba eruditus. Nuestro drama, aquí y ahora, es que ni lo uno ni lo otro.

Las decepciones que nos hubiéramos evitado con solo saber un poco de latín;

El vocablo “maestro” viene del latín “magister” y este, a su vez del adverbio “magis” que significa “más” o “más que”. En la antigua Roma el “magister” era el que estaba por encima del resto, ya fuera por sus conocimientos o por sus habilidades.

El vocablo “ministro” procede del latín “minister” y este a su vez del adverbio “minus” que significa “menos” o “menos que”. En la antigua Roma el “ministro” era el sirviente o el subordinado que apenas tenía habilidades.

Total, que con un poco de latín sabemos la razón por la que cualquier imbécil pueden ser ministro… Pero no maestro.

Este es el tema

“La progresiva desaparición de los tiempos verbales (subjuntivo, pasado simple, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado...) da lugar a un pensamiento limitado al instante, incapaz de proyecciones en el tiempo.

La generalización de la familiaridad, la desaparición de las mayúsculas y la puntuación reducen la sutileza de la expresión. [...] Menos palabras y menos verbos conjugados significan menos capacidad para expresar emociones y para pensar detenidamente. [...] Sin palabras para construir un razonamiento, el pensamiento complejo se ve obstaculizado. Cuanto más pobre es el lenguaje, menos pensamiento existe. [...] No hay pensamiento crítico sin pensamiento. Y no hay pensamiento sin palabras.

¿Cómo construir un pensamiento hipotético-deductivo sin dominar el condicional? ¿Cómo visualizar el futuro sin conjugarlo? Cómo aprehender una temporalidad, una sucesión de elementos en el tiempo, pasados o futuros, así como su duración relativa, sin un lenguaje que distinga entre lo que pudo haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría suceder y lo que sucederá después de que haya pasado lo que podría suceder? Es necesario un grito de alarma dirigido a los padres y profesores: haced que vuestros hijos y alumnos hablen, lean y escriban. Hay que enseñar y practicar el idioma en sus más variadas formas, aunque parezca complicado. Sobre todo si es complicado. Porque en este esfuerzo está la libertad. Los que defienden que es necesario simplificar la ortografía, depurar el lenguaje de sus "defectos", abolir géneros, tiempos, matices y todo lo que expresa la complejidad son los sepultureros de la mente humana. No hay libertad sin exigencias. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza "

Christophe Clavé

sábado, 30 de octubre de 2021

Maeztu: la cicuta y el olvido

 

El pasado día 4, Julio Merino publicó un artículo en Diario Córdoba titulado “Por la Memoria Histórica” del que quiero hacerme eco. Lamentaba, con sobrada razón, el sesgo ideológico de unos ciudadanos cordobeses que pretenden cambiar de nombre al colegio Ramiro de Maeztu por considerar que este vasco fue “uno de los escasos intelectuales de nivel con los que contó el franquismo y sustento intelectual e ideológico de los golpistas”.

Gregorio Luri


Merino les responde bien: Maeztu fue un gran intelectual que por católico integral se opuso frontalmente al Gobierno republicano. Era un nacionalista español honesto, conservador y pacífico. Honesto hasta el punto de protestar porque el Ayuntamiento de Madrid le cobraba poca contribución y así no había manera de tener bien arregladas las calles. Conservador, porque compartía la aversión de no pocos noventayochistas a la política de partido y a la democracia liberal y veía a España como una encina que hunde sus raíces en la tradición. Pacífico, pero no cobarde. En las Cortes del 36 se atrevió a decir: “Creo ser el hombre más inofensivo de la tierra. En una batalla no serviría más que para víctima, porque nunca he llevado armas, ni las llevo, y si las llevara no sabría usarlas. Pero cuando se me conmina con la revolución social, que, después de la experiencia rusa, ya sé que implica la matanza general de los burgueses, me entra el impulso incontenible de quitarme la chaqueta, no para pelear con nadie, sino para que me den inmediatamente los cuatro tiros que me correspondan, porque es intolerable seguir viviendo bajo el peso de una amenaza que me está perdonando la vida”.

Fue detenido en julio del 36. Al comunicar su detención, el diario socialista Claridad lo declara miembro de “una generación de escritores traidores”. En la cárcel de Ventas escribió varios capítulos de un ensayo perdido titulado Defensa del Espíritu. Fue fusilado, sin juicio previo, junto a la tapia del cementerio de Aravaca el 28 de octubre.

Según Ramón J. Sender, a nadie le causó conmoción su muerte en la zona republicana, “a nadie le extrañaba entonces la muerte de nadie”. Sí se extrañó Georges Bernanos, que escribió desde Palma de Mallorca el 30 de octubre: “El pensamiento de Maeztu, de una inspiración tan entera y puramente española, es uno de esos pocos que, trascendiéndose a sí mismos, deberían unir y no dividir, porque son liberadores”. Una buena prueba de ello es el artículo que publicó el 17 de julio en la tercera de ABC, sin saber que sería el último. Se titulaba «Conversiones» y concluía así: “La civilización no puede darse nunca por supuesta. Hay que defenderla. Siempre está amenazada. Como la muerte a la vida, así pone cerco la vida animal a la del espíritu”.

¿Defienden la civilización los que voluntariamente condenan al olvido el fusilamiento sin juicio previo de un filósofo?

Si se quiere buscar ideólogos al franquismo, buena cosa sería no detenerse en este antiguo liberal (véase su conferencia en el Ateneo de Madrid el 7 de diciembre de 1910, La revolución de los intelectuales) asaltado por la realidad y husmear un poco entre los diversos promotores de la democracia orgánica. Ciertamente, Maeztu defendía una organización corporativista de la sociedad, pero al hacerlo, simplemente estaba en consonancia con lo propugnado tanto por los krausistas como por figuras que se caracterizan posteriormente por ser inequívocamente liberales, como Salvador de Madariaga. La representación de las corporaciones científicas, económicas y religiosas, que era un principio krausista, fue aceptada por la constitución de 1876. Si a todo el que ha defendido la democracia orgánica lo consideramos franquista, flaco favor le hacemos a Julián Sanz del Río, a Francisco Giner de los Ríos, al ya citado Salvador de Madariaga, a Julián Besteiro… o a Fernando de los Ríos. Ni tan siquiera era un facha Fernando de los Ríos por haber dado en México, en 1945, el discurso titulado Sentido y significación de España.

Mucho me temo que los herederos actuales de la democracia orgánica sean los defensores de una sociedad estamental que desdibuja al ciudadano para dar paso a las diversas identidades grupales que se consideran heridas, es decir, a una sociedad terapéutica que nos clasificaría por patologías identitarias.

Vis: https://theobjective.com/elsubjetivo/maeztu-la-cicuta-y-el-olvido

Deseos

Como los instintos ayudan poco y de modo equívoco, nos jugamos la vida en los deseos. Nos desbordan porque ansiamos los instrumentos como si fuesen mil veces más gratificantes que los fines a los que sirven. Sobre todo dos: el sexo y el dinero. Un medio para reproducirse y otro para el intercambio social convertidos en absolutos arrebatadores: nos prometen tanto que olvidamos aquello para lo que a fin de cuentas fueron diseñados. El dinero se convierte en “felicidad abstracta”, según Schopenhauer: antes de gastarlo creemos que puede ser cualquier cosa, es decir, todo. ¿Y quién iba a conformarse con algo pudiendo ser dueño de todo? El sexo nos remite a un gozo en el que parece vislumbrarse el motivo triunfal de la vida: es “el infinito al alcance de un caniche”, como señaló el despiadado Céline. En la feria existencial, los deseos de numerario y placer venéreo nos zarandean del tubo de la risa a la casa del terror y viceversa.

El antiquísimo juego de la prostitución mezcla los dos deseos depredadores. Ahora el PSOE promete abolirla y, aunque nadie medianamente cuerdo cree que sea posible, se enciende una entretenida polémica. Muy pocos se oponen a castigar el proxenetismo que secuestra, extorsiona y obliga a las mujeres a prostituirse. No conozco actividad en que la ilegalidad y la inmoralidad coincidan de forma tan perfecta. Otra cosa es que se prohíba a dos adultos establecer una relación comercial de mutuo interés centrada en el alquiler de los órganos sexuales. Las objeciones éticas o estéticas de algunos (¨¡eso no es una vida digna!”) no son obligatorias para todos. Pero como en otras transacciones, los derechos de
ambas partes deben ser protegidos por ley. Más allá, de la bestia codiciosa sólo redimen la generosidad y el amor.

Fernando Savater

El País 30/10/2021